Cuando se creó el Mercado Común Europeo circuló una viñeta que era muy ilustrativa. A un lado había un oso gigante tocado con una ushanka y ataviado con la hoz y el martillo. Al otro lado estaba otra gigantesca reproducción del Tío Sam. En medio, a modo de acróbatas, había seis pequeños hombres (con la bandera de cada uno de los fundadores del MC estampada en su camiseta), colocados escalonadamente a modo de pirámide, cuya altura superaba a las potencias que les flanqueaban. El dibujo hablaba por sí solo.

El paso de los años sumó países hasta convertir aquella pequeña pirámide en una gran estructura formada por 27 estados. La consecuencia debería ser que la hoy llamada Unión Europea se hubiera convertido en un inmenso conglomerado mucho más poderoso que la antigua URSS, que EEUU o que la entonces no contante, China. Pues no.

Y según los datos, vamos a peor, pues en los últimos veinte años hemos pasado de acumular el 31% de ventas en el mercado mundial a un exiguo 17%, convirtiéndonos en una inmensa masa de consumidores dependientes de terceros países en productos y servicios básicos y de más valor añadido, como si viviéramos en un mundo feliz, sin agresividad ni peligro de ningún tipo.

Pero los últimos quince años nos han demostrado que eso no es así, que hay crisis económicas que pueden amenazar la existencia de una moneda, crisis sanitarias que pueden socavar a la población y crisis bélicas y amenazas autoritarias que pueden acabar con todos nosotros y nuestro modelo social.

En 2024 Letta y especialmente Draghi redactaron sendos informes, advirtiendo de los peligros a los que se enfrenta la UE, pero parece que sus consejos están cayendo en saco roto y aquí no cesamos de poner palos en las ruedas de los emprendedores.

La «burrocracia» lo acapara todo. Los agricultores, albañiles, tenderos y todo tipo de autónomos de nuestros pueblos lo saben muy bien: papeles, registros electrónicos, permisos, esperas, papeles, más permisos y más controles, porque aquí todos somos sospechosos de defraudar a Hacienda.

Los pequeños empresarios aún lo tienen peor, pues son tratados como explotadores a pesar de arriesgarse a generar puestos de trabajo y a asumir unos costes que no dejan de crecer.

Por lo que, siendo profundamente europeísta, me pregunto:
Quo Vadis Europa.

Manuel Siurana.