Embid de la Ribera aparece a la vista de los viajeros del antiguo trayecto en tren Barcelona-Madrid a la derecha, poco antes de Calatayud. Solo unos instantes, pero suficientes para que su aspecto de pueblo pintoresco quede en la memoria. Así lo descubrió Paco Betriú cuando, en 1984, estaba en la tarea de localizar un pueblo en el que dar vida a lo que Ramón J. Sender narra en su novela ‘Réquiem por un campesino español’. Poco antes habíamos recorrido algunas zonas aragonesas con ese fin Raúl Artigot y yo, que trabajaba en calidad de segundo ayudante de dirección. Embid tiene estación de ferrocarril y desde ella se ve al fondo el pueblo, en esa hondonada rodeada de montañas que sedujo a Betriú. Esa situación es la que ya hizo que hubiera sido escogida como localización de una película de 1957, Un indiano en Moratilla. Pero esa villa con tan buena estampa no tiene plaza, al menos la que requería para el cine el relato senderiano. Recorrimos la zona y a Raúl Artigot le fascinó la singular Plaza de Chodes; en realidad es un caserío diseñado al modo de plaza, muy al gusto dieciochesco, para contener las viviendas y servicios de los labriegos de las tierras del Marqués de Villaverde. Es un recinto cerrado poligonal, de apariencia circular, con una discreta iglesia en el arranque de uno de sus diámetros en cruz, y accesos con arcos en los otros tres puntos similares. Arcos que dan a los caminos de las tierras.

Faltaba una calle que diera vistosidad a la escena de la procesión de Semana Santa, pues en Embid no la había con suficiente longitud y perspectiva. Buscando por la zona se encontró en Arándiga. Todo quedaba en el valle del Jalón, aunque el relato senderiano transcurra en el Aragón oriental y aunque la iglesia de Embid no tenga la presencia aplastante que describe Sender. El cine fabrica realidades fílmicas a base de fragmentos dispersos. Y allí, en la Comarca de Calatayud, rodamos en febrero de 1985 lo que ocurrió en España en julio de 1936. Un numeroso e importante elenco de actores, en el que abundaban los Antonios: Ferrandiz, Banderas, Iranzo y Labordeta, desembarcó en un hotel de Calatayud. La película, producida por Ángel Huete y los propios Betriú y Artigot, se presentó al Festival de Cannes.

El ferrocarril acabó siendo determinante para ese film, no sólo en el decorado principal, sino en el arranque de su financiación. Durante un viaje coincidí con Florencio Repolles, Presidente de la DPZ, y le hablé de ese proyecto. Se interesó por él, y me dijo que haría lo posible para que la DPZ colaborase económicamente; «que lo fuera a ver a su despacho con datos concretos». La novela de Sender (por lo que cuenta) tenía mucho predicamento entre la izquierda española; así como muchos novios entre los directores españoles, siendo Artigot y Betriú quienes acabaron consiguiendo los derechos. Pero fue el apoyo del caspolino Florencio Repollés, desde la DPZ, quien hizo posible arrancar el proyecto.