Lo ocurrido hasta ahora puede que no pase de ser “tortas y pan pintado” si el “coronavirus” se embravece a la vuelta de sus vacaciones veraniegas, después de tomar resuello y aprovechar su vertiente oportunista y fácil, de acompañante de jornadas festivas, fiestas patronales, veladas de esparcimiento y festividades de vírgenes y justos varones ejemplares.

Todo comenzó como una broma que nadie se tomaba en serio hace pocos meses y sirvió para que riésemos mucho y para hacer chistes. Luego se vió que no era una broma y que muchos enfermos no superaban la fase crítica mientras algunos muy conocidos engrosaban la lista de fallecidos.
Hasta hace muy poco, éste era un episodio pasajero para olvidar en un tiempo. Ahora comienzan a decir los entendidos que puede estar vinien-do para quedarse, mitigado por la vacuna cuando su uso se haya generalizado aproximadamente dentro de un año. Y aún hay quienes piensan que en ese periodo de forzada espera pueden producirse recidivas de gravedad todavía desconocida, capaces de barrer a los ancianos y a los que aún no lo son, pero se hallan ya «en lista de espera».
Mas cuando no pueden enmendar el flujo de los hechos ni la voluntad de los hombres ni su esfuerzo, lo más certero es que los creyentes se encomienden a Dios y los estóicos se contenten con gozar del momento, ya que la vida no va a concedernos ni un minuto más del que tengamos asignado. Pero da la impresión de que están concurriendo en estas fechas sucesos que se avecinan al milagro.

¿Se han dado cuenta de que las gentes no se tratan ya como enemigos; de que los vecinos –y no estoy refiriéndome a la población rural– se citan para aplaudir a los sanitarios y los policías; que se comportan como «prójimos», o sea próximos, en vez de volver el rostro al tomar el ascensor? ¿Se han percatado de que las personas antes tan huidizas no rehuyen sino que favorecen, necesitan y desean comunicarse? ¿Han advertido que las personas más disponibles se brindan a llevar los alimentos y las medicinas a los enfermos?

¿Es posible restaurar aquel cálido género de vida que nos igualaba y acercaba a los demás después de haber experimentado cómo un inquilino próximo llevaba meses muerto sin enterarnos? Tal vez ya lo hemos hecho, como cuando convocamos a vecinos solitarios para celebrar su cumpleaños, hasta hacerle brotar las lágrimas. Pero no solo las personas han celebrado nuestro reencuentro. También esta forzada distancia de la vida nos ha acercado a la vida aunque la hayamos pagado muchas veces con la vida. Y aunque la contumacia en el «pecado» no nos autoriza a ser optImistas, está comenzando a percibirse, desde el confinamiento, el aroma de los campos, el perfume del pinar entre el «coscojo», el recobrado rumor de las esquilas sin la competencia de los motores, y el llanto del rocío cuando amanece el día.

Darío Vidal – Periodista