Retractus. Grafito y tinta sobre papel./ Rubén Vidal.Retractus. Grafito y tinta sobre papel./ Rubén Vidal.

Narciso, sorprendido por la propia belleza reflejada en las aguas de La Estanca, quedó prendado de sí mismo.
Pigmalión se enamoró de la escultura que él mismo estaba realizando.

Estamos acostumbrados a una imagen de nosotros mismos especular: esto es, reflejada, pero cruzada respecto a la realidad. Nuestra gorra ladeada hacia la derecha en el espejito mágico es percibida por los demás hacia la izquierda. Y toda nuestra figura, compuesta con un criterio estético clásico de percepción de formas, proporciones y complementos (lazos, peinados...), queda sensiblemente alterada al ser contemplada por el otro.

¿Cuántas veces no nos reconocemos en una foto? En ocasiones por un gesto poco oportuno, y en otras muchas, por vernos como se nos ve.

Por eso tienen tanto éxito los selfies: reflejan una imagen especular a la que estamos más familiarizados y además podemos hacer tantas como queramos hasta conseguir la pose ‘perfecta’. El resultado es inmediato. Placer a corto plazo.

Pero el exceso de tools y gadgets puede llegar a producir la llamada ‘dismorfia del selfie’. Filtros que alteran la percepción de nuestro cuerpo hasta hacer de su imagen la que desearíamos tener. Esto puede hacernos creer en esa realidad virtual como verdadera, o rechazar la realidad, hasta causar un trastorno mental (TOC).

Entre Narciso y Pigmalión, la dismorfia nos presenta a quien se enamora de su obra, que está inspirada en un autoretrato: el Tú transformado, autoenamorado gracias a IA.

Nada tiene en común el retractus (volver a traer) del latín tardío —que nos lleva al retrato— con el selfie. El arte embellecedor de éste, lo tenía que afinar a pincel el pintor de Corte, a riesgo de que, como en el «siete y medio» del que se lamenta Don Mendo, «te pases o no llegues».

El exceso de «embellecimiento» podía considerarse burla, y el exceso de celo, descaro. La máquina no puede ser acusada de nada, y el grado de «hermoseado» lo dicta el que se «retracta».

Todo esto solo en lo tocante a la percepción de nuestra propia imagen. Luego damos un nombre falso, una imagen falsa (con algunos rasgos característicos verdaderos en el mejor de los casos) y además, tenemos por chat conversaciones profundas con desconocidos que pueden ser producidas por chat GPT.

He sido testigo de conversaciones interesantísimas entre dos máquinas. ¿Para cuándo las parejas mixtas, amores platónicos de IA o con cibersexo? Todo eso ya existe.

Lo bueno de lo malo es que se puede apagar. La analogía es el mejor bálsamo para el alma.

Rubén Vidal. Caballete de Papel