Hace unos días, una buena amiga que sabe que me dedico a la medicina de familia en el medio rural, quiso hacerme un cumplido diciendo: «Con lo trabajadora que eres, seguro que tu sala de espera está siempre llena». Me sorprendió cuánto dice esa frase sobre cómo imaginamos la labor médica: una sala de espera abarrotada como sinónimo de carga asistencial, compromiso y prestigio profesional.

No me atreví a decirle que, aunque atiendo entre veinte y treinta pacientes diariamente, mi sala de espera pasa largos ratos vacía. Lejos de ser indicio de inactividad, esta imagen encierra una realidad distinta: el trabajo del médico de familia se desarrolla tanto en compañía del paciente como en soledad, tanto dentro como fuera del consultorio. Hay un trabajo visible y reconocido en el desfile de pacientes por consulta, pero hay otro trabajo invisible y silencioso que quiere reivindicarse.

A primera hora, en la quietud del consultorio desierto y antes de que despierte la sala de espera, dedico un buen rato a preparar la consulta, revisar alertas, informes de urgencias, altas hospitalarias, resultados de pruebas, respuestas de colegas a consultas planteadas días atrás… Poco a poco avanza el reloj y llegan, orquestados por el sistema de cita previa, mis pacientes, que llenan de murmullo y conversación la sala durante varias horas. Si las citas asignadas se gestionan según mi propio ritmo, el flujo acompasado de entrada y salida de pacientes hace que la mañana discurra sin aglomeraciones, sin esperas eternas. Cuando hay muchos pacientes que atender pero se agendan y se organizan bien, una pequeña y humilde sala de espera puede hablar de una buena gestión.

Al marcharse el último paciente, todos los asientos quedan de nuevo desocupados. Sigilosamente, el trabajo invisible se manifiesta de nuevo. Quedan por delante las llamadas telefónicas, que precisan de una confidencialidad y atención especiales, pues no es sencillo atender a un paciente sin poder mirarle a los ojos. Quedan también informes complejos, bajas laborales, justificantes, evolutivos o interconsultas por redactar, resultados que analizar… La burocratización de la consulta (todo ese papeleo que exige cada atención) la enfrento con resignación y a puerta cerrada, consumiendo una cantidad de tiempo y energía invisibles e inciertos.

Para terminar, buena parte de los días, atravieso mi sala de espera vacía cargando el maletín, apagando las luces. No sería extraño pasar entonces frente a la consulta cerrada y pensar: «la médica ya no está» o «ya se ha marchado», sin saber que, en realidad, sigue trabajando fuera del centro. Los médicos de familia somos especialistas que acercamos la consulta hasta los hogares de los pacientes que nos necesitan. No «pasamos» por las casas para «ver» a los pacientes; intentamos estar presentes en los hogares y atender las necesidades de las familias, con el reto que supone desplazarnos hasta un escenario ajeno, lejano al material de la consulta y a nuestras fuentes de información. La atención domiciliaria se infravalora y se invisibiliza con frecuencia.

En el silencio de mi sala de espera vacía se esconde una medicina que organiza sus tiempos sin hacer ruido, que no necesita multitudes para demostrar su valor. Porque la verdadera carga de trabajo no la sostienen las sillas ocupadas, sino la escucha activa y pausada, las decisiones cuidadosas y los gestos que alivian. A veces, tras la sala de espera vacía, donde parece que no hay nadie y no está pasando nada, hay una médica que sigue trabajando, intentando llegar a todo.

María Escorihuela. Médica de familia y comunitaria