He visto la alegría de un equipo de fútbol de niños celebrando su triunfo. Y, por supuesto, lo primero que nace es felicitarles. A su edad, vivir un momento así debe de ser emocionante, y ojalá lo disfruten mucho.

Pero detrás de esa alegría también hay una historia que no debería olvidarse.

En ese mismo equipo había niños que apenas tenían la oportunidad de jugar. Niños de siete a nueve años que acudían a entrenar con ilusión, que se ponían la camiseta con orgullo, que esperaban su turno en el banquillo… y que, demasiadas veces, ese turno nunca llegaba.

Al final, algunos de ellos se marcharon. No porque no les gustara el fútbol, ni porque no quisieran a sus compañeros. Se fueron con tristeza, sintiendo que no tenían un lugar en un equipo al que querían pertenecer. Y para un niño tan pequeño, eso duele más de lo que muchos imaginan.

Resulta difícil entender que, en una etapa en la que lo importante debería ser aprender, disfrutar y crecer juntos, haya niños que queden al margen. Más aún cuando ni siquiera se recuerda a quienes formaron parte del inicio del camino.

Por eso, mientras felicitamos a quienes han ganado, quizá también deberíamos preguntarnos qué significa realmente hacer equipo cuando hablamos de niños tan pequeños. El deporte base debería enseñar valores, pero cuando la prioridad es evitar la derrota a toda costa, algunos niños quedan relegados a un segundo plano y pierden la oportunidad de participar y sentirse parte del grupo.

Afortunadamente, no todo es negativo. Gracias al Ayuntamiento de Valdealgorfa, los niños de 7 años que tuvieron que marcharse hoy pueden seguir entrenando con otro entrenador, uno que sí los valora, que les da su espacio y que les está devolviendo la ilusión por el fútbol.

Porque cuando los niños tienen entre siete y nueve años, el mayor triunfo no debería ser un resultado en el marcador, sino que ninguno tenga que marcharse con el corazón roto.

Ángeles Agud. Valdealgorfa