Entender nuestra actualidad es algo que no consigo con la lectura de las columnas de opinión de nuestros periódicos o en los innumerables programas de política en la televisión. Vuelvo a mi biblioteca y busco las enseñanzas de los que vivieron momentos parecidos a los nuestros. Intento, también, recordar lo que hemos aprendido de la generación de nuestros padres y de nuestras propias vivencias.
Estamos desorientados, y esta palabra encierra muchas ideas. Una posible es que orientarse, que es la tarea del capitán de barco y de su piloto, tiene un objetivo, que es saber llegar a donde se quiere llegar.
Son muchos los que intentan convencernos de cuál debe ser el puerto de llegada. Los políticos quizás lo saben, pero sufren una carencia: no se atreven a contarlo. Son los periodistas los que creen que lo hacen, aunque sea repitiendo palabras y conceptos desgastados y sin valor. El círculo entre ellos se cierra cuando, no nos engañemos, el periodista «de opinión» no tiene ninguna idea, pero el político se cree lo que dicen los periodistas.
Orientarse en los últimos 50 años ha sido para poetas e intelectuales otra cosa. Ha sido adorar modelos lejanos. Nuestro poeta y activista Vidal de Nicolás, que fue uno de los fundadores del Foro de Ermua anti ETA, escribió un verso que era todo un programa: «hay que ir a China para orientarse un poco». Yo lo hice y fue para mí una escuela de vida.
Años más cercanos, Javier Reverte, periodista español especializado en literatura de viajes, nos explicaba que viajar y escribir son en cierto modo una misma cosa: estar solo y estar libre, no deberte a nadie salvo a tu suerte y a tu coraje. Por eso poco antes de morir escribió: «Hay que ir a China para desorientarse». Javier, que escribió en 2015 Un verano chino. Viaje a un país sin pasado, vivió los cambios y el progreso chino. La nueva China la resumió en una frase: «Vamos hacia un vacío del espíritu, en las calles ves miles de Ferraris».
En mi juventud fue Ortega y Gasset el que describió nuestra enfermedad como pueblo y como nación: «No sabemos lo que nos pasa, y esto es precisamente lo que nos pasa, no saber lo que nos pasa: el hombre de hoy está desorientado con respecto a sí mismo. Tal es siempre la sensación vital que se apodera del hombre en las crisis históricas».
Yo he vivido las crisis históricas posteriores a 1944. Y para tener opinión he leído a autores estudiosos de las dos guerras mundiales, que explicaron los sucesos que llevaron a las naciones europeas a la guerra y sus consecuencias. Son muchos, pero citaré en primer lugar a Karl Kraus, periodista, que denunció la alianza entre la prensa y la guerra. No entendía que las firmas de renombre pusieran sus plumas al servicio de las patrias y no de las personas. Recomendó a los grandes periódicos el método efectivo de utilizar siempre dos columnas antagónicas, de forma que en el mismo número y una junto a la otra, los lectores pudieran comparar las razones opuestas posibles ante las realidades sobre las que se discrepaba. El periodista ideal era, para él, quien gozaba de independencia ideológica o partidista.
Kraus olfateaba tempranamente la escalada bélica, algo que como ahora, sabía cómo iba a terminar. Dos realidades veo ahora que repiten la historia: los partidos socialistas apoyando los presupuestos de guerra, y el belicismo que había que evitar especialmente en Alemania. La paz no es el fruto esperable de la guerra, sino la venganza. Y la humanidad con los perdedores solo retrasa, pero no impide la devolución de las humillaciones, especialmente en el corazón de los pueblos.
Hoy no leemos a ningún verdadero pacifista. Parece que se desea la guerra para imponer unos valores de los que se carece. No se entiende en nuestra Europa que los valores de otros pueblos merecen el mismo respeto, y que son los pueblos los que viven los cambios o los rechazan.
Cómo no recordar a nuestro Alfonso XIII, que merced a la neutralidad de nuestro país en la Primera Guerra Mundial creó en el Palacio Real una oficina para atender las solicitudes de ayuda que llegaban de familiares de soldados de los distintos países que luchaban en los frentes. Dirigiendo la Oficina estuvo el secretario particular del Monarca y contó con la colaboración de hasta 40 personas, entre voluntarios y personal de su Casa.
En este párrafo anterior menciono metas que a los españoles nos orgullecieron y que sueño con recuperar: la neutralidad de España, la eliminación de los presupuestos de guerra, el abandono de la OTAN y dedicar los esfuerzos del país a la ayuda humanitaria a todos los que la necesitan a causa de los malos gobiernos, en casa y fuera de casa.
Antonio Germán. Ingeniero y empresario


Para quien no tiene rumbo, todos los vientos son desfavorables… y así nos va, o nos viene.
Comparto tus propuestas para un mundo mejor. Puede que nuestros deseos no lleguen a ninguna parte, pero seguro que nos hacen ser mejores.
Un abrazo
Jose Luis: Gracias por tu comentario. Ya sabes que valoro mucho tus palabras.
Un abrazo