Podría parecer que las opiniones de desconocidos en las redes sociales son inocuas. Esas presuntas personas, que bien podrían ser bots, lanzan odio sin foto de perfil y sin nombre de usuario. Pero importan. Alimentan en estos días, con alta presión migratoria en Canarias, el odio hacia los extranjeros. Y, por supuesto, también los bulos que se repiten una y otra vez para justificar la negación de la solidaridad interterritorial.

Por supuesto, que es necesario un pacto de estado para regular la situación que se está viviendo en las islas por la llegada de migrantes. Personas que huyen de sus países de origen no sólo por la falta de oportunidades laborales, sino también por escenarios geopolíticos conflictivos. En muchos casos, huyen de la guerra. Por ejemplo, en Mali, país de origen de uno de los flujos migratorios que llegan a nuestro país, el conflicto se ha ido recrudeciendo. La presencia de grupos yihadistas es cada vez más intensa.

Nada aporta la demagogia. Y, mucho menos, repetir hasta la saciedad que inmigración es igual a delincuencia. Que los que llegan vienen a robar y ocupar nuestras casas y a violar a nuestras mujeres. En vez de mirar tan lejos, deberían observar mucho más cerca. Uno de los últimos estudios de Save the Children, que analiza 400 sentencias de abusos contra la infancia en España, concluye que en 8 de cada 10 casos el agresor era del entorno familiar o que conocía al niño o niña.

Por otro lado, según los últimos datos del Anuario Estadístico del Ministerio del Interior, el número de presos extranjeros en las cárceles españolas ha caído un 35 por ciento en los últimos 15 años. A finales de 2023 de los 56.698 internos en las prisiones, 39.005 eran españoles. Por supuesto que los extranjeros cometen delitos, pero afirmar que todos aquellos que huyen de su país son delincuentes es muy peligroso. Polariza a la sociedad, nos convierte en personas menos sensibles a los problemas del mundo, menos humanas.

Lucía Peralta. Zorros y gazapos