La Franja de Gaza es hoy un símbolo del fracaso moral de la comunidad internacional. Día tras día, somos testigos de bombardeos, bloqueos, desplazamientos forzados y la muerte impune de miles de civiles, en su mayoría mujeres y niños.

Israel, con el respaldo tácito o explícito de algunas potencias, actúa con una impunidad alarmante, violando derechos humanos fundamentales sin que haya consecuencias reales.

Lo más indignante es el silencio —cuando no la complicidad— de las organizaciones internacionales que deberían proteger a la población civil y garantizar el respeto del derecho internacional. La ONU emite comunicados tibios, mientras que otras instituciones simplemente miran hacia otro lado.

Gaza no necesita declaraciones: necesita acciones. Necesita protección, justicia y el fin inmediato del bloqueo que ha convertido este territorio en una cárcel a cielo abierto.

Aunque la Flotilla haya sido una iniciativa simbólica, más allá de una misión humanitaria que intenta llevar ayuda a un pueblo asfixiado, se trata de un ejemplo de acción. Lejos de ser respetada por su misión pacífica, ha sido interceptada, criminalizada y silenciada.

¿Qué clase de orden internacional permite que se persiga a quienes llevan pan y medicinas, mientras se aplaude o se justifica a quienes lanzan misiles?

No se trata de tomar partido por un pueblo u otro, sino de levantar la voz contra una ocupación prolongada, una violencia desproporcionada y una impunidad inadmisible.

Si el mundo sigue callando, será cómplice no solo del sufrimiento de hoy, sino de las generaciones que crecerán bajo los escombros de una justicia que nunca llegó.

Lucía Peralta. Zorros y gazapos