El 14 de febrero, se homenajeó el amor en nombre de San Valentín, pero hay un tipo de amor que se está maltratando cada vez más en los últimos tiempos, aquel dirigido a tu trabajo, a lo que decides dedicar gran parte de tu día y de tu vida.
Durante la celebración de los Premios Goya, el aragonés Javier Macipe se llevó un premio que siempre le servirá como reconocimiento de su labor, de aquello a lo que dedica sus días. Sin embargo, el mundo en el que nos encontramos cada día apenas permite que uno pueda vivir de lo que disfruta haciendo. El concepto de trabajo soñado se ha perdido y cada vez más las ofertas son de empresas que buscan hombres y mujeres orquesta, gente que valga para todo. En definitiva, alguien que pueda llevar a cabo la labor de 3 personas en un único trabajador, con todas las consecuencias que esto pueda conllevarle.
Cuando pienso en esto siempre me viene a la cabeza la tan repetida expresión: «De todo sabe y de nada entiende». Ahí es donde radica el problema, en que está situación solo puede llevar a que alguien pueda hacer de todo, pero no sepa realmente cómo hacer nada con seguridad ni completo conocimiento.
No me refiero al tipo de trabajo, es indiferente si eres médico, profesor, albañil o camarero, el problema está en que en todos los casos se está agotando al trabajador. Agobiarse en pensar que al día siguiente tienes que volver a trabajar no es sano ni se debe normalizar, la situación laboral está ahogando a los que están, pero asfixia aún más a los que quieren entrar y no saben cómo hacerlo.
Hace 6 años, cuando entré por primera vez en una clase de periodismo, lo primero que nos dijeron a todos los alumnos, y que luego se repitió en demasiadas ocasiones, es que estuviéramos preparados, porque iba a ser difícil trabajar de lo que estábamos empezando a estudiar en ese mismo instante. Esa fue la bienvenida al inicio de nuestra futura vida laboral, un no casi rotundo.
El panorama laboral que llega a manos de los más jóvenes cada año acaba con su ilusión y con sus ganas de empezar y de aprender. Al final, como tantas veces he escuchado en casa, parece que no se trabaja para vivir, sino que se vive solo para trabajar.
Esperanza Estévez. Huellas de palabras

