El Bajo Aragón es hoy un territorio bien conectado con el mundo (aunque no demasiado bien, dicho sea de paso). Sin embargo, hace 100 años las cosas eran muy distintas. En esta tierra sin estaciones intermedias, la generación de nuestras bisabuelas trabajaba en el campo de sol a sol, sofocándose en verano y sobrellevando el crudo invierno. Fábricas, que eran donde se cocían las modernidades, las nuevas corrientes, la militancia y la conciencia de clase, había pocas.

Otro tanto ocurrió con aquel fenómeno social conocido como «mujer moderna», protagonizado por mujeres de clase media y alta que en las déc adas de 1920 y 1930 luchaban por su emancipación, por su formación, por su presencia cultural y también política; apenas llegó a la España interior. Los trabajos de las brillantes escritoras o pensadoras de la Generación del 27, las Sinsombrero, fue algo de lo que en provincias casi nada se supo.

La España rural era el lugar de las mujeres ancladas en el tiempo. Lo cierto es que la situación de los hombres no era mucho mejor, pero al menos ellos tenían mucha más vida social y no debían triplicar esfuerzos ocupándose de trabajo, niños y hogar; en aquel mundo de esferas separadas, las mujeres eran las peores paradas.

Ese fue el panorama que encontró la Segunda República en 1931. Legalmente, llegó la igualdad, el voto femenino e incluso la Ley del Divorcio un año más tarde. Pero en la práctica apenas hubo cambios. Los muros de aquella sociedad enormemente patriarcal, solo tímidamente se resquebrajaron.

Por otro lado, en el Bajo Aragón no destacaron mujeres que dieran el salto a la primera plana de la política. Incluso las que se afiliaron a partidos o sindicatos fueron poquísimas. Tuvo que llegar la Guerra Civil, con su torbellino de cambios revolucionarios, con la irrupción de milicianas, de periodistas llegadas de Cataluña o de políticas huidas de Zaragoza, para ponerlo todo patas arriba (también las conciencias de los republicanos, realmente no tan dados a los cambios como su ideario y sus leyes pregonaban). Fue entonces cuando los listados de CNT, Juventudes Libertarias, UGT o el Hogar de la Mujer Antifascista, se nutrieron de nombres de chicas y mujeres bajoaragonesas.

Nuestras abuelas y bisabuelas sufrieron la guerra que en el Bajo Aragón tuvo dos momentos críticos: el verano de 1936 y marzo de 1938. Al principio, fueron las mujeres de derechas las que sufrieron castigos sexuados. En el 38, serían las mujeres de izquierdas las que soportaron vejaciones de todo tipo (incluso violaciones y asesinatos por parte de los moros de Franco). Acabada la guerra, el sufrimiento se prolongó durante demasiado tiempo: lloraron en los cementerios (cuando pudieron, que no siempre se los permitían); las que pasaron por la cárcel, sufrieron las condiciones infrahumanas, sin ningún miramiento hacia las mujeres y sus necesidades higiénicas más mínimas; muchas, viudas o separadas de sus maridos (estos, en la cárcel o en el exilio), vieron enfermar a sus hijos a los que apenas tuvieron algo que echarles a la boca; otras debieron hacer frente a las penas económicas impuestas a sus parejas. Y todos los derechos, todas las conquistas, fueron suprimidas. Aquella generación femenina volvió a desempeñar un papel secundario. Se vieron obligadas al visto bueno de sus padres o maridos para trabajar. Durante todo el franquismo no pudieron comprar según qué, abrir una libreta bancaria o sacarse el carné de conducir sin consentimiento masculino.

Este ejercicio retrospectivo, esta mirada al pasado, pretende recordar y rendir un pequeño homenaje a aquella generación. El feminismo, la igualdad entre hombres y mujeres, está hoy mucho más cerca. Con la vuelta a la democracia -y sobre todo en los últimos 25 años-, los avances, aunque incompletos, han sido muchos. Sigamos trabajando. Entretanto, levanto mi copa por todas (y todos) los que hoy luchan por la plena igualdad, y por todas (y todos) los que, en un pasado no tan lejano, creyeron que un mundo igualitario era posible.

Amadeo Barceló. Presidente del Centro de Estudios Comarcales del Bajo Aragón Caspe (CECBAC)