Hay un lugar en Caspe al que me gusta ir para sentarme en un banco y ver cómo, a lo lejos, el cielo entra en arrebolada. Ese lugar es como una enciclopedia cultural de la historia de la ciudad, presenta vestigios romanos: la tumba de Miralpeix y otras piedras; está camino del castillo medieval de la Orden Sanjuanista, con una grandiosa escalinata en cuyo arranque hay una estatua del gran Maestre Don Juan Fernández de Heredia, obra de José Suñé.

Además está enclavado entre un templo que fue Colegiata y una casa con fachada gótica y ventana geminada; y no lejos de la ermita u oratorio barroco de Montserrat, mandado construir por el obispo García, caspolino de pro del siglo XV.

En cuanto a las especies botánicas del lugar, que es jardín, se mezclan olivos y cipreses mediterráneos con palmeras y arbustos orientales. Y los jardineros municipales han ido plantando en sus parterres, según la época del año: tulipanes holandeses, dalias mexicanas, claveles hispánicos, geranios sudafricanos y rosales de Asia y Europa. Toda una panoplia vegetal que nos recuerda en su variedad a la del origen de los nuevos caspolinos, algunos recién llegados y todavía aprendiendo a decir Caspe o Bujaraloz sin que se les trabe la lengua.

Me refiero, ya es momento de decirlo, a los Jardines del Sagrado Corazón de Jesús, que forman parte de la zona más amplia denominada Plaza del Compromiso, que incluye el Colegio Público de ese nombre.

El pasado domingo me senté en el poyete de piedra construido como banco en la pared norte de la iglesia, bajo las controvertidas placas que recuerdan a los muertos de un bando de la guerra civil de 1936, a la izquierda de la puerta del Caritatero, ese espacio en que se nota la evolución del edificio al observar el óculo cegado y el elemento heráldico de la familia Luna, la del Papa de Aviñón.

En ese mismo poyete, ajenos a toda polémica y, me temo que desconociendo la historia de la ciudad, estaban sentados cuatro adolescentes, distraídos y comentando entre ellos lo que aparecía y sonaba en sus 'smartphones'. Eran rumanos que viven, me dijeron, en Caspe desde hace más de tres años.

Comprendí que, pese al desconocimiento de su historia, a los nuevos caspolinos también les gusta este lugar agradable, en el que, de una u otra forma, también ven la misma magia que yo siento.

Alejo Lorén