Hubo un tiempo en que ir a un concierto era algo espontáneo: veías si quedaban entradas, las comprabas en la taquilla o en el cajero del banco y listo, sin complicaciones. Ahora, esa facilidad y rapidez ya parece un recuerdo lejano. Porque lo que antes era disfrutar, ahora se ha convertido en una fuente de estrés mucho más que de ilusión.

Comprar una entrada para un espectáculo musical hoy en día se ha convertido en toda una hazaña: primero te tienes que registrar en un enlace para la preventa, después esperar a que te llegue el ansiado código de acceso, conectarte con distintas cuentas desde varios dispositivos para intentar avanzar en la cola virtual y cruzar los dedos. Portátil, móvil, tablet… todo vale con tal de aumentar las posibilidades. Y aun así, nada te asegura el objetivo final: conseguir el ticket para ver en directo a ese artista al que llevas, en muchos casos, años esperando a que haga una gira con parada en nuestro país.

Muy a nuestro pesar, se han normalizado los precios dinámicos, un modelo basado en algoritmos que ajusta el coste de las entradas en tiempo real según la demanda, teniendo como consecuencia un aumento significativo del mismo (¡hasta un 250% más!). Es decir, acabamos pagando cifras desorbitadas incluso estando en la grada más alta del estadio, viendo a nuestros ídolos como si fuesen hormiguitas que se mueven por un escenario.

A esto se suma otra frustración: en la mayoría de ocasiones solo se pueden comprar dos entradas. Dos. Organizar planes con un grupo de amigos se vuelve misión imposible, y lo que debería ser algo colectivo acaba siendo restrictivo y excluyente. Y si consigues entradas, a veces ni siquiera es para un concierto a corto plazo: compras hoy para ver a un artista dentro de un año (o más). Pagas ahora, te endeudas emocional y económicamente, y cruzas los dedos para que tu vida, tu trabajo y una maraña de circunstancias encajen cuando llegue el momento de ver a nuestros cantantes favoritos.

Pero la cosa no termina ahí. A todo esto hay que sumar los gastos extra que muchas veces ni siquiera se contemplan: desplazamientos, alojamiento si el concierto es fuera de tu ciudad, comidas y, ya que estás, alguna que otra actividad de ocio. Al final, una noche de música acaba costando lo mismo que un fin de semana entero. Y eso, para una generación con sueldos ajustados y alquileres imposibles, se convierte en un lujo.

Creo que el problema no es que nos gusta demasiado la música, sino que hemos aceptado, a la fuerza, un modelo que convierte la cultura en un nuevo lujo.

Laura Alejos. Y de postre