Llevo un tiempo pensando en que estamos viviendo una época donde todo compite por nuestra atención. Los políticos gritan. Los móviles gritan. Las redes sociales gritan. Todo exige velocidad, respuesta inmediata, productividad constante. Incluso las vacaciones parecen diseñadas para volver más cansados de lo que nos fuimos.
Me niego a mantener una vida pegada al móvil veinticuatro horas. Me niego a sentirme improductiva si un domingo decido parar y ver una película desde el sofá de mi casa. Quiero darme tiempo para tomar un café en un bar perdido durante las vacaciones y no caer rendida en la cama por haber visitado tres museos, dos catedrales y un embalse en piragua en el mismo día porque «tenemos que aprovechar que hemos venido hasta aquí. ¡Haz fotos Mari, que esto lo tenemos que subir a Instagram!».
No quiero dejarme llevar por este nuevo ritmo social. Cada vez veo más destinos turísticos perfectos que parecen auténticos decorados, como creados con inteligencia artificial, repletos de gente hasta la bandera. Lejos de desearlos, pienso lo afortunados que somos de vivir en un territorio de belleza imperfecta.
Me gustan las visitas guiadas de Montse desde el Museo de la Magia y las de Luis con Turismo Alcañiz. Se adaptan a los grupos, interactúan con los turistas, ajustan las explicaciones a los conocimientos de los clientes, no «sueltan» un sermón que se aprendieron hace quince años. Valoro muy positivamente que en nuestras casas de turismo rural el detalle de bienvenida sean unas pastas artesanas recién hechas del horno del pueblo y no unas rosquillas envasadas que son todas iguales y saben a repostería industrial.
Y me encanta que Pedro mantenga la receta tradicional de croquetas de su madre, la Lola, y que las puedas probar mientras tomas un vermú con vistas a la Plaza de España de Alcañiz.
Esta autenticidad, esta belleza imperfecta, es lo que buscamos más de uno, saturados ya de tanto artificio vacío. Y es lo que hemos venido observando desde hace ya algún tiempo. Contemplamos, desde nuestras empresas, como nos saltan publicaciones en redes sociales de parejas, jóvenes y familias que vienen y se sienten auténticos descubridores de rincones donde reina la tranquilidad, de bares donde todavía se habla sin mirar el móvil cada treinta segundos y de rutas poco transitadas en nuestra comarca. Y lo cuentan, desde esta ventana online, como si estuvieran revelando un gran secreto.
Así que nuestra labor, en estos momentos, es darle valor a nuestra vida cotidiana, apreciar la rutina y las costumbres bajoaragonesas, diferenciarnos de forma positiva de los grandes destinos turísticos que han sido diseñados para atraer a grandes masas. Huir de esa visión que habla de que aquí no tenemos nada, enamorarnos de nuestra tierra.
¿Te unes al plan?
Nieves Ballestero. Gerente Empresarios Turísticos Bajo Aragón.

