Hay algo escurridizo, casi imprevisible, que tiene la capacidad de transformar una idea en acción, una emoción en arte o un pensamiento en decisión. Llega sin previo aviso, en medio del bullicio o incluso en pleno silencio. Es como una visitante inesperada que aparece cuando menos se la espera, pero que deja huella cuando pasa. Así es la inspiración.

La inspiración enciende el fuego; la disciplina mantiene la llama viva. Es como una chispa inicial que da comienzo a algo, pero que no garantiza el recorrido completo.

La inspiración puede parecer etérea, pero no, no es inalcanzable. A veces llega formulando una sencilla pregunta: ¿Y qué me inspira? Y la respuesta puede sorprendernos. Como dice Begut en una de sus canciones: «Me inspira la vida, la gente con ambición, movida por pasión, dispuesta a cambiar de opinión». Y sí, muchas veces la inspiración está justo ahí, en lo cotidiano, en las personas que nos rodean, en esas pequeñas cosas que nos suelen pasar desapercibidas.

Por eso, es importante estar atentos, abiertos al asombro y dispuestos a observar con otros ojos. No se trata únicamente de esperar que «nos llegue», sino de cultivar el terreno para que germine: leer, explorar, conversar, observar, equivocarse. A veces, basta con mirar desde otro ángulo para que todo adquiera un nuevo sentido. Esa capacidad de mirar distinto o de cuestionar lo habitual es donde la inspiración suele esconderse.

En un mundo saturado de estímulos, encontrar la inspiración puede sentirse como si de un milagro se tratase. Es detenerse en medio del ruido para escuchar una voz interior que muchas veces susurra más que grita. Y aunque no podamos forzar su llegada, sí podemos aprender a reconocerla y, sobre todo, a no desperdiciarla cuando aparece.

Porque esa chispa, aunque no lo sea todo, puede ser el principio de algo muy grande.

Laura Alejos. Y de postre