«No se extraña un país; se extraña el barrio en todo caso, pero también lo extrañas si te mudas a diez cuadras. El que se siente patriota es un tarado mental, la patria es un invento«. Detrás de uno de los fragmentos más conocidos de ‘Martín Hache’ se esconde un profundo desarraigo que va calando cada vez más entre los más jóvenes.

Existe una especie de necesidad de viajar o de explorar mundo, cada vez más frecuente, que no siempre deriva en un mayor conocimiento de la diversidad de los cinco continentes. En una época en la que el espíritu del ‘fast food’ se ha trasladado a nuestra forma de vida, el turismo se podría asemejar a cocinar y comer una hamburguesa de McDonalds: cinco minutos para fotografiar una ciudad, tres para contarlo en Instagram y cero para mantener contacto real con la cultura.

El desarraigo entra a veces en interesantes contradicciones en el caso de los inmigrantes. En la mayoría de los casos se tiende a resaltar lo negativo del país en el que se vive e incluso a no sentirse identificado con himnos, banderas… Pero cuando uno abandona la tierra patria comienza a sentir la nostalgia de aquellas cuestiones culturales que lo diferencian de las del nuevo destino. Cuestión por la que a uno le podrían tildar de hipócrita. Pero es que finalmente la patria no es exactamente un invento y los vínculos humanos también forman parte de ella.

Lucía Peralta. Zorros y gazapos