El pasado 25 de abril a las seis en punto de la tarde parí a mi segunda hija, Lúa, en el hospital comarcal de Alcañiz. Rompí aguas de madrugada y a primera hora cruzaba la puerta que rezaba "Urgencias". En menos de dos minutos ya estaba camino a paritorio, acompañada por una celadora que, menos darme un abrazo (lo cual, intuyo, debe estar protocolaria y sanitariamente desaconsejado), hizo todo lo que estuvo en su mano por tranquilizarme y animarme para lo que venía.

A partir de ese momento, por esa sala de dilatación, entre monitores, duchas, bolsas de agua caliente, pelotas de ejercicio y tensiómetros, fueron desfilando enfermeras y auxiliares, ginecólogas, un celador y Paula (gracias, Paula), la matrona que asistió mi parto. Yo solo recuerdo su nombre, pero todos los que pasaban por allí me nombraban por el mío, informándome de todo cuidadosamente, acompañándome en ese viaje tan salvaje que es traer una vida al mundo.

Ese mismo día, algo más entrada la noche, Salimata parió a Malai. Nosotras ya llevábamos unas horas en la habitación 210 cuando llamaron a la puerta y entraron, madre e hijo piel con piel y el padre tras ellos, bolsa de viaje al hombro. Intercambiamos "enhorabuenas" y, con nuestros pequeños a la teta, supimos que él hablaba español, pero ella no, que era su tercer hijo aunque el primero nacido en España, pues eran de Costa de Marfil.

Mientras escribo esto, desde el otro lado de la tímida cortina que nos separa, escucho cómo la enfermera intenta comunicarle a Salimata, Google Translate mediante, que la analítica de su bebé está bien. Su marido ha salido a desayunar y no está para traducirle, pero el esfuerzo de ambas hace que en cuestión de segundos la mamá sonría y emita un perfecto "gracias".

Miro por la ventana, con vistas al campanario de la iglesia aledaña al hospital, para comprobar que la cigüeña que me ha acompañado estos días sigue ahí, colocando y recolocando su nido. Qué bien estaría que a los niños nos los trajeran estas majestuosas aves, oye... Pero, ya que tenemos que parirlos, qué suerte que podamos hacerlo en un hospital como el de Alcañiz. Y que pueda hacerlo yo, pero también Salimata.

Para mí, este es el verdadero orgullo patrio. Que viva la sanidad pública y que viva España.

Nerea Lorenzo. www.yoloquequieroesescribir.blogspot.com