Esto que lees es una lágrima que he tenido que limpiar para seguir escribiendo. Aquí va otra lágrima y aquí, otra. Son de nostalgia sin todavía haberme ido y de felicidad por un futuro en blanco que, lejos de darme miedo, me emociona. No solo dejo atrás La COMARCA, sino Alcañiz, que durante los últimos seis años de mi vida ha sido mi hogar. Hace tres, cuando mi salud mental se asomó al abismo, hubo días en los que ni siquiera me atreví a salir de la cama. Sin embargo, ahora, avanzo segura hacia la incertidumbre.
Esto no es una despedida. Si me han leído durante este tiempo, saben que no me gustan. Solo es un anuncio: «Por medio de la presente, se comunica que María Celiméndiz seguirá ejerciendo su profesión, la cual respeta y ama más conforme pasan los años, en un medio que aún desconoce y en un periodo temporal indefinido. A corto plazo, perseguirá otros de sus sueños, aquellos que se prometió a sí misma que viviría cuando recuperara las ganas de vivir».
Hoy me suelto el cabello, me visto de reina, me pongo tacones, me pinto y camino hacia la puerta. Y miro la noche y ya no es oscura, es de lentejuelas. Si me aprecian, brinden con vino (o para la que ustedes sea vuestra bebida favorita). En este párrafo ya no hay lágrimas, sino sonrisas convincentes de que todos podemos volver a florecer.
PD: Gracias Lidia, Andrés y Marina por regarme con cafés, insuflarme aire con vuestros abrazos e iluminarme con vuestras risas cada día en el área digital. Gracias a toda la plantilla por ser mi familia lejos de casa. Gracias a mi jefe, Raimundo, ese segundo padre que me socorrió cuando pinché las ruedas del coche y que no ha dejado de hacerlo desde entonces.
María Celiméndiz. Mejor con vino


