sta parte que habitamos de Aragón se convirtió, como dice mi abuela, en la yemita del huevo (astronómicamente hablando) para disfrutar del eclipse del pasado doce de agosto. Mientras algunos rezagados buscaban gafas para la ocasión, otros rastreaban entre las sierras de Andorra, el Matarraña y los pueblos del Bajo Aragón un refugio desde el que arañar los astros.

El espectáculo celeste inició su viaje sobre la fría Siberia, acarició Groenlandia, rozó Islandia y, tras un largo y merecido chapuzón por el océano Atlántico, llamó a las puertas de la península ibérica.

Tras ello, la Luna ocultó al astro rey y el cielo quedó en penumbra, coincidiendo con algunas fiestas patronales. Hoy sabemos que los eclipses no son un castigo divino, pero durante siglos el cielo también fue parte de nuestras tradiciones y una forma de comprender el mundo. Entre las estrellas solíamos buscar respuestas a lo que no entendíamos.

Los antiguos creían que su movimiento componía una música celestial que impregnaba el universo y que los himnos y las melodías más hermosas nacían de la inspiración divina de los astros. Incluso Platón, bajo un cielo de Siracusa o Atenas, sentenció que quien hubiera vivido con rectitud regresaría al mundo en forma de estrella.

Y ya que el doce de agosto estuvimos mirando al cielo, quizá alguien pensó en las sondas Voyager. En 1977 partieron al espacio con un disco de oro que guarda imágenes, tradiciones, sonidos y el intento de explicar quiénes somos y dónde está nuestro planeta. Un particular «WhatsApp» interestelar para que, algún día, otra civilización sepa que estuvimos aquí.

Como sentenció Orwell, la historia la escriben los vencedores. La Cartago prerromana fue lo más parecido al Estados Unidos preatómico. Ojalá supiéramos más sobre ellos, pero apenas conocemos su versión. Pocos de sus libros sobrevivieron y fueron Grecia y Roma, sus rivales, quienes escribieron su historia.

Hace tiempo que en las sobremesas interrogo a mi abuela Dolores. Entre cafés aparece aquella niña de posguerra y recuerdo a Landero: «Conservamos con esmero la memoria de las figuras históricas, pero dejamos escapar la de quienes nos acompañaron. Cuando mueren, es tarde para remendar los rotos del olvido».

Sin duda sabemos quién era Laika, pero pocos conocen a Félicette, la gata francesa que, tras viajar al espacio, fue sacrificada para la investigación. La memoria es caprichosa. También lo fue con Tutankamón, un faraón olvidado tras un breve reinado cuyo anonimato permitió que su tumba permaneciera intacta tres mil años. Al ser de las pocas no saqueadas, el hallazgo lo hizo inolvidable.

Y año tras año repetimos nuestros ritos. Los «rabosins» de Valderrobres bailarán su bolero y jugarán a la morra. Ariño recordará tiempos mejores en la hoguera de Santa Bárbara. Valjunquera y Valdeltormo caminarán en romería al Mas del Labrador, aquel pueblo que cada vez menos gente recuerda de primera mano. La raval de Calaceite hará gala de gigantes y cabezudos en un ejercicio goyesco. Y, como en una estampa futurista de Marinetti, creyentes y ateos de nuestros pueblos se reunirán para bendecir sus vehículos en San Cristóbal.

Y por un momento, el doce de agosto, mientras me sobrecogía con la extraña belleza de la corona solar, pensé en las Voyager. Creadas para preservar una copia de seguridad de nuestra especie y nuestras tradiciones, hoy libran una batalla inesperada. Poca gente entiende ya el código con el que fueron programadas. «La gente que las construyó ya no vive», recordaba Suzanne Dodd, directora del programa.

Pese a ser el objeto humano que más lejos ha llegado y haber sobrevivido al espacio durante casi medio siglo, su verdadero enemigo no es la distancia, sino la memoria. Hoy los ingenieros trabajan con viejas notas en papel, en un ejercicio de arqueología tecnológica y una lucha contra el olvido.

Y entre romerías, procesiones y fiestas, nuestros pueblos siguen recordando quiénes son.

Año tras año, siglo tras siglo.

Raül Belver