Ya tenemos en el foco a Alvise Pérez, ya tenemos una nueva fiesta. El (no tan) inesperado fenómeno de un arribista vinculado a la «ultraderecha» cuyas polémicas en redes no hacen sino aumentar su fama y apoyo ha aterrizado, otra vez, en España y, por supuesto, en Teruel.

Los datos que anuncian que Teruel ha sido la única capital de provincia donde Se acabó la fiesta se ha convertido en cuarta fuerza política, superando a Sumar, y que nuestra vecina Caspe ha cosechado uno de sus mejores resultados locales, un 7,8% de los votos, hacen merecedora de nuestra atención la llegada de este fenómeno.

Aunque de momento cualquier análisis sería prematuro, por falta de tiempo y de datos, ya se pueden dibujar algunos apuntes de dónde viene y qué implica este partido.

Cuatro hechos son los más fundamentales para comprender quién se siente atraído por esta opción política: hombres (más de 3/4 partes), de entre 18 y 45 años, de ciudades entre 10 mil y 400 mil habitantes y que previamente habían votado a Vox (y en mucha menor medida PP).

En términos sociológicos son la versión ibérica de un tipo ideal a escala global: el de joven de aspiraciones clasemedianistas inmerso en la crisis de masculinidad del siglo XXI, que busca éxito económico y sexual en una época de crisis constantes y donde el feminismo ha replanteado en parte la configuración de las relaciones sexo-afectivas entre los dos géneros.

Esa desesperación existencial de muchos de ellos ha intentado ser resuelta a través de contenidos en redes que buscan reivindicar un tipo de masculinidad que sus defensores consideran la única valida para recuperar la autoestima y respeto que merecen.

Puede ser una reivindicación tóxica del ejercicio y del esfuerzo como la de Llados, un narcisismo de hombrecillo que se cree hecho a sí mismo como la mayoría de youtubers, un intento de creerse sabedor de cosas que los demás ignoran a través de teorías conspiracionistas como la de las vacunas o las de Mr Tartaria o incluso una reivindicación estúpidamente ahistórica de lo que fue el Imperio romano.

Todos estos elementos generan un caldo de cultivo que, como ha demostrado la Alt Right estadounidense, se convierte fácilmente en una cultura política.

¿Y quién es Alvise en todo esto? Pues básicamente uno de los fundadores de todo esto en España. Primero al servicio de Toni Cantó y Ciudadanos en Valencia y posteriormente para Vox en toda España, él inició las campañas de bulos masivos en Twitter que buscaban criminalizar colectivos que debían de ser los enemigos de los jóvenes a los que buscaba atraer (inmigrantes y feministas principalmente).

Su incursión en Telegram, ya que tiene el mérito de seguir bloqueado en X cuando hasta Trump ha podido regresar, facilitó una relación más íntima entre sus seguidores y su contenido tóxico que ha dado lugar a una burbuja de desinformación de la que es difícil poder salir, lo que sumado a su giro claramente conspiranoico durante la pandemia lo convirtió en el mesías de su propia realidad paralela.

Su ocurrencia durante la campaña de construir una megaprisión y establecer un estado policial a imagen y semejanza del de Bukele fue aplaudida por una base de simpatizantes que de verdad creen que un país como España, según el índice de Paz Global el 32 más seguro del mundo, por encima de Francia o Inglaterra, está en una situación similar al narcoestado centroamericano.

Alvise permanecerá un tiempo en boca de todos y sus seguidores librepensadores probablemente no vayan a reducirse, pero no hay que olvidar qué es lo que hay de fondo: un hombre con múltiples causas judiciales abiertas que ha utilizado su influencia para garantizarse 5 años de aforado en Bruselas.

Si tuviera que dar un último apunte sobre cómo creo que le irá en el futuro se me ocurren dos palabras: Ruiz Mateos.

Tomás Celiméndiz. Graduado en Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Autónoma de Barcelona