Hace ya unos años que vivo a las faldas de una imponente montaña turolense. Comparto, así, hábitat con una gran cantidad de especies animales y vegetales. El protagonismo indiscutible hasta ahora, a nivel vecindario, lo habían tenido las cabras: compañeras de paseo por las calles altas del pueblo, indeseables gorronas de cosechas de agricultores y horticultores, y atractivo turístico para fotógrafos y frikis (en el mejor sentido de la palabra) de la naturaleza. Pero, como todo en esta vida, nada dura para siempre, y la fama mucho menos.

Y es que lo que creíamos imposible ha sucedido. Una especie se ha hecho con el escalón más alto del pódium, desbancando a todas las demás al ocupar espacio y tiempo prime en telediarios, reels y conversaciones de bar. Se han catapultado al estrellato y ahora, además de sobrevolar nuestras cabezas en nuestras idas y venidas por el pueblo, están en boca de todos. Y en Madrid.

Son nuestros vecinos y, al contrario que las cabras, solo provocan simpatía en la población. En la población rural, claro. En Madrid ocurre eso tan typical Spanish como es que, en el mismo día, se les maldiga, en una asentada para impedir que se salgan con la suya, y se les celebre, en un congreso donde caminan sobre alfombras rojas. En las ciudades de España han llegado para quedarse, para sobrevolar con sus enormes alas cada esquina, cada edificio, rincón y local e invadirlo todo. Con sus fuertes picos van expulsando personas para introducir turistas, y arrancando negocios familiares para escupir casas de apuestas en barrios donde, precisamente, lo que menos abunda es dinero para apostar. Y todo esto sin hablar siquiera nuestro idioma. Todo esto sin tributar aquí, o haciéndolo con tantas exenciones que puedes verles contar calderilla con sus enormes garras.

Ya me jodería ser buitre, y que me usen como apellido para nombrar la mano invisible que maneja los hilos (y el dinero) del problema más grave que tiene a día de hoy nuestro país.

Ya me jodería ser buitre y que estuvieran profanando mi identidad, comparando mi alimentación, a base de carne muerta, con un sistema que oprime, deja en la calle y extrae las vísceras a personas que están bien vivas.

Ya me jodería ser buitre. Pero más me jodería ser la carroña que ha participado en el desahucio de Maricarmen, legislando, absteniéndose, firmando papeles, renunciando a negociaciones o apaleando personas.

Nerea Lorenzo

www.nerealorenzo.com