Cómo transportarías un beso desde Ariño a Alcañiz. Quizá sea una pregunta tonta. Más tarde, si el lector sigue, daré mi humilde respuesta.

Soy natural de la Pobla de Farnals, pueblecito de la costa valenciana. Llegué a Aragón con una beca y la idea de quedarme tres meses. En poco tiempo cambié la capital del Túria por un pueblo de Teruel, la playa por el pantano de Pena y lo plano del litoral por puertos de montaña. Aquello que parecía un paréntesis terminó convirtiéndose en casa, viviendo en una comarca mal llamada la Toscana española, sobrenombre injustamente impuesto.

Un día de agosto fue cuando nos conocimos Valderrobres y yo. Aparqué mi vieja Kia Carens en el raval y poco después apareció la imagen que todos conocemos: el río, el puente y el castillo coronando la población. Casi una postal, casi ideal.

Con el tiempo, me descubrí atravesando cada día calles de añil desconchado y viendo gatos adormilados camino al trabajo. Poco a poco, esta patria chica se convirtió en mi casa. Y a decir verdad, hay muchos homólogos con la misma historia que yo.

Durante esta aventura turolense viví dos años en mi primera casa y luego seis meses en una finca en Lledó, preciosa y aislada entre océanos de olivos. Pero todo cambió cuando me comunicaron que aquel que había hecho mi hogar se convertiría en un piso turístico.

De repente, mis mañanas se transformaron en búsquedas frente a Idealista: «un piso en Fuentespalda, solo alquiler turístico… otro en La Fresneda, tiene un bonito comedor… oh, debo dejarla en agosto, ... y en Valderrobres, mejor no hablo». Estas caminatas por Idealista se están convirtiendo poco a poco en la banda sonora de nuestra generación.

Y el problema no solo afecta a este hijo del Mediterráneo que recaló en tierras bajoaragonesas, sino a muchos matarrañenses que, tras estudiar en la universidad, deciden volver a sus pueblos para ejercer su vida profesional y encuentran trabajo… pero no vivienda. Lo mismo ocurre con quienes se quieren independizar en la tierra de su estirpe.

Ya paseo menos por el casco viejo de Valderrobres, pero de vez en cuando aún me pierdo. Ando lento y sosegado, como merece esta villa. Alzo la vista y veo balcones vacíos, sin flores. Cada vez hay menos macetas. Cuando una casa no es hogar no hay flores.

Las persianas permanecen cerradas hasta que llegue el próximo huésped. Como pequeños cangrejos ermitaños, vendrán a habitar esa concha vacía. Me imagino su interior: cocinas blancas de Ikea, comedores asépticos… una oda al minimalismo.

Y al final, las calles son una procesión extraña de jóvenes cargando potos, geranios y begonias consigo, como si de prole se tratase. ¿Volverán a florecer los balcones del Matarraña? ¿Nos hemos convertido la generación Z en los ‘’neonadies’’ de Galeano? «Sueñan las pulgas con comprarse un perro, y sueñan los nadies con salir de pobres».

A riesgo de parecer repetitivo, cerraré con otra pregunta casi tan dadaísta como la primera: ¿Para qué sirve una casa?

Raül Belver