Tienes ocho años y en 1963 te llevan a vivir a Zaragoza, estudias en un colegio con tradición futbolística y magníficas instalaciones deportivas como los Escolapios, ves al zaragocista Marcelino marcar el golazo contra Rusia y al equipo de tu ciudad ganar la copa del año 1964 y luego la del 66 y antes la Copa de Ferias (luego llamada UEFA). Además, te gusta jugar al fútbol. Así que en esas circunstancias solo puedes acabar siendo zaragocista, máxime cuando en 1967 te trasladan a vivir a Barcelona y necesitas más que nunca el arraigo.
Luego, ves pasar a los zaraguayos y a decenas de estrellas perdurables que mantienen viva la llama del equipo e incluso conquistan más copas y la Recopa... Tocas el cielo como preludio para caer a los infiernos. Desembarca el «agapitismo» y, tras lo sucedido en la liga 2010-11, todo se quiebra, iniciándose un ciclo vicioso que nos aboca a una condena predestinada, cual patética tragedia griega, que debiera acabar en una catarsis liberalizadora y purificadora.
Pero el ser humano (individual y colectivamente) es un sobreviviente, que se revuelve contra el cruel destino y ahí estuvo el error, ejemplificado por la resistencia del entorno zaragocista y la piedad, entre otros, de César Alierta (el hijo del padre de los Magníficos) y de Crhistian Lapetra (el hijo del Magnífico). En aquellos momentos, la solución más realista y sin corazón hubiera sido hacer borrón y cuenta nueva.
El Zaragoza debiera haber quebrado, desaparecido y renacido cual Ave Fénix, con el apoyo de una gran masa social propia de una ciudad de más de medio millón de habitantes. Solo hubiera sido cuestión de pocos años para regresar a la élite. Pero no, la opción fue la de intentar sobrevivir o malvivir a costa de triturar directores deportivos, entrenadores y jugadores (que nadie recuerda), a la vez que se desnaturalizaba el club hasta convertirlo en una Sociedad más que Anónima, «desaragonizada» y «deszaragocistada», de la que ni se sabe la propiedad real ni quién lleva el timón, en la que los despropósitos se han sucedido ante un público del que solo se espera que pague para asistir a una tragedia digna del mejor teatro griego, que ojalá nos lleve a una verdadera catarsis.
Así que ya que no podemos disfrutar del fútbol, disfrutemos del drama.
Manuel Siurana


Probablemente bajar a Primera Federación es el paso necesario para poder hacer «borrón y cuenta nueva». Los parches ni han funcionado ni funcionarán.