Cómo pasa el tiempo, ya estamos en noviembre, el año ha volado. Lo repetimos como mantra colectivo, con resignación, incluso con nostalgia. Se lo escucho a todo el mundo, a cada rato, en modo queja aparejada con un sentimiento de pérdida. Y mientras tanto la decoración navideña ya se está colocando en las calles. Halloween convive con los villancicos. Las rebajas de enero empiezan en diciembre. Las agendas se llenan antes de que tengamos tiempo de pensar.
Hace unos días fui a Puerto Venecia a comprar cortinas. Aún eran mediados de octubre, las tiendas, al menos las de hogar, ya estaban iluminadas con guirnaldas, bolas rojas y renos de cartón. La Navidad, en ese oasis capitalista, había llegado antes que el frío. Y yo, que solo buscaba tela, me puse a pensar en la decoración del árbol. En ese momento me entró una contradicción profunda, entre sentir que el tiempo se nos escapa y nuestra tendencia a adelantarlo todo.
Nos quejamos de que la vida corre demasiado deprisa, pero somos nosotros quienes la empujamos hacia delante. A veces con entusiasmo, otras veces por inercia, sin respetar sus tiempos ni sus pausas.
Hemos perdido el gusto por las cosas simples y a su hora. Ya no es posible disfrutarlas como antes, cuando la espera era parte de la magia. En mi pueblo de Rumanía, hace veinte años, el olor de la cáscara de naranja puesta en la estufa era el olor de la Navidad cada 25 de diciembre. No antes. Era un aroma que se esperaba todo el año, como un ritual que nadie adelantaba ni saboteaba. La Nochebuena era sagrada para los ‘colindatori’, los cantantes de villancicos que salían por el pueblo de casa en casa respetando una tradición milenaria. No había adelantos, ni simulacros. Solo el tiempo justo, y la emoción verdadera.
Ahora, mientras adelantamos celebraciones, decoraciones y campañas, el algoritmo de Instagram se burla de nuestra fugaz existencia con memes de gallinas despeinadas y con el lema «Resistiré». Deseándonos que terminemos ya este año, a poder ser vivos, para llegar al siguiente con las pilas cargadas y toda la actitud. Un nuevo año que muchos de nosotros no sabremos valorar y respetar sus tiempos.
Vamos a dejar que noviembre sea noviembre. A comprar cortinas sin que nos invada el espíritu navideño. Vamos a no adelantar la vida. De eso ya se encargará el tiempo que pasa demasiado deprisa.
Iulia Marinescu. Sin más

