Con la complicidad del tiempo, Aguaviva hizo frente a todas las dificultades que presentó el temporal y sacó adelante su fiesta más identitaria al extender su kilómetro de alfombras de colorido serrín en la calle. Los vecinos se crecieron ante la adversidad después de que la lluvia del miércoles dejase el suelo bien mojado y, para darle tiempo al tiempo, los planes se trasladaron del mediodía a la tarde. Tampoco se pudo dibujar por la noche, por lo que esa parte y la de rellenar con el serrín de colores, se tuvo que hacer toda por la mañana desde el amanecer. Los mosaicos duraron unas horas más de lo habitual, ya que la procesión del Santísimo Misterio que pasa sobre ellos salió después de la misa que se emplazó a las 17.00 en lugar de a las 13.00.
La iglesia fue pasto de las llamas hace 550 años, pero se salvaron varias formas consagradas y una partícula del Lignum Crucis. Este es el origen de la fiesta y este año ha inspirado la temática de los dibujos. «Hemos vuelto al origen porque mi padre al principio sí hacía estos motivos. Hacía tiempo que nos lo pedían y ha sido el momento por el aniversario», dice David Valencia, diseñador que tomó el testigo de su padre en la labor.

Colorearon metros y metros de cenefas y el fuego tuvo su protagonismo al final de la calle del Pilar en la que hubo presencia de elementos ligados a la iglesia. Especialmente llamativo fue el rostro del Cristo crucificado, compuesto a base de varios colores y que fue, según Valencia, «el más complicado que se ha hecho nunca». Hubo dos altares con vidrieras dibujadas, además de un Nacimiento y de las sagradas formas y el cáliz en San Miguel. En alguna calle que en otras ocasiones solo tenía una alfombra, este año se dividió en tres el ornamento, por lo que terminaron por salir 14 alfombras en lugar de 9.
El cambio de horarios no afectó en la afluencia de personal, porque ya por la mañana fueron muchos los que se acercaron a Aguaviva a disfrutar de un evento declarado Fiesta de Interés Turístico de Aragón y Bien de Interés Cultural Inmaterial. «Es el día grande de Aguaviva sin ninguna duda, es nuestra fiesta más singular y así lo reconocen los títulos que ayudan a poner el pueblo y la fiesta en el mapa y en el lugar que se merecen», apunta el alcalde, Aitor Clemente, que no pone techo a la cita en cuanto a promoción y atracción de visitantes.
Concretar cifras se hace complejo, y una de las acciones que llevará a cabo Aguaviva dentro del Plan de Sostenibilidad Turística será la instalación de un sistema de monitorización de flujo de personas. Uno de los sensores se instalará en el casco urbano, que es donde se celebran las alfombras y la feria de noviembre.
El primer edil augura una larga vida a las alfombras que trascienden lo religioso hasta el punto de que «todo el mundo ha hecho suya esta fiesta». Alabó el «trabajo tremendo e imprescindible» de todo el pueblo con la coordinación de la Asociación Cultural Caliú. La agrupación nació en 1985 y en 1989 se marcaron el reto de recuperar las alfombras después que se dejaran de hacer en los años 70. «No fue fácil, estábamos seis o siete de la junta con un grupo muy pequeño de voluntarios para los preparativos», apunta Rosa Clemente, que recuerda perfectamente cómo la mañana que había que montar por primera vez tras esos años de vacío, se sentaron en la escalera de la iglesia a esperar. Apareció el cura que subió rápido a bandear las campanas. «Nos dijo el mosen que así se levantaría la gente de la cama y vendría… Y así fue, se levantaron y vinieron. ¡Y hasta hoy!», celebra.




























