Las escuelas de La Codoñera, Fabara o Mirambel abrirán sus puertas en domingo, pero no para que entren los niños y niñas con sus alegres gritos matutinos, sino para representar, con escrupulosa puntualidad, una nueva farsa del Estado democrático de derecho. Si al menos fuera la representación de una comedia, merecería la pena, pero se trata de una tragedia en la que el odio, el rencor y la avaricia son los principales protagonistas.
La base del Estado de derecho es la separación de los tres poderes: el que hace las leyes, el que las ejecuta y el que juzga la legalidad de su actuación (legislativo, ejecutivo y judicial), a los que habría que sumar un cuarto poder, la prensa, y, por supuesto, las manos negras del poder económico, que muchas veces es el que realmente mueve los hilos de unas marionetas políticas sin ideas propias.
Pero el 29 de noviembre, cuando entres en la escuela de tu pueblo con la ingenua idea de que tu voto sirva para algo, solo votarás a uno de esos poderes, el legislativo (Congreso y Senado), que será el que se encargará de nombrar a los miembros del gobierno y de los tribunales con competencias en el control político (Tribunal Supremo, Constitucional y de Cuentas).
Después ya se encargará el Gobierno de regar con dinero público las redacciones de los periódicos y cadenas de televisión, mediante subvenciones y publicidad institucional, para que, podemos sospechar, sean lo más dóciles posible.
Así que el partido que gane, o logre los apoyos de cualquier otro para gobernar, aunque no sean ideológicamente afines, será el que hará las leyes, las ejecutará, controlará su acción, fiscalizará sus propias cuentas e indultará a los políticos condenados sin que tengan que devolver el dinero malversado… vamos, un cuento de Estado de derecho.
Solo uno de cada cinco ciudadanos se declara bastante o muy satisfecho con la democracia que tenemos, y casi cuatro de cada cinco desconfían de los partidos políticos, la justicia (76,9 %) y los medios de comunicación (87,9 %). Son datos del CIS que asustan: ¡brutal! Y más brutal aún es que, pese a esos índices de desconfianza, tantos ciudadanos sigan votando a los mismos partidos, como si no hubiera otra alternativa para cambiar el guion.
Aunque la mayoría de los ciudadanos prefiere la democracia a cualquier otra forma de gobierno, está claro que esta democracia no es la que queremos. Lo lamentable es que no hay otra opción: en la cabina no encontrarás ninguna papeleta para cambiar el sistema. No, no podremos votar por separado a los miembros de las Cortes, al Gobierno y a los jueces: una sola papeleta y después muchas pataletas porque nuestras calles, nuestras escuelas, nuestros centros médicos o nuestras carreteras seguirán padeciendo las mismas deficiencias.
Lo llamamos libertad de voto, libre mercado electoral, pero realmente es un monopolio (o Monopoly, como prefieras) de los partidos con mayor representación.
Pero no todo es mentira: tu papeleta sí tiene un valor, aunque no sea muy democrático, porque por cada voto al Congreso que consiga un escaño, el partido elegido recibirá 81 céntimos de ese dinero tuyo, el que ganas con tu trabajo, y que ellos administran, fiscalizan y juzgan.
Así que el 29 de noviembre puedes optar por quedarte en casa, creo que es la opción más democráticamente razonable, o ir a la escuela de tu pueblo para que te cuenten, una vez más, el cuento del Estado democrático de derecho: después de todo, la entrada es barata, solo 81 céntimos.
José Luis del Valle


José Luis, me parece especialmente acertado su planteamiento porque pone el dedo en una de las grandes contradicciones de la democracia representativa. La tiranía de una mayoría, por exigua que sea, puede dejar sin voz efectiva a casi la mitad de la población. A eso se añade la manipulación de la voluntad popular mediante propaganda, desinformación y promesas que después se olvidan. Y, finalmente, la perversión de convertir las elecciones en una competición donde lo único importante es ganar, sin importar demasiado cómo ni para qué. Como en el fútbol, parece que ya no importa jugar bien, sino que gane nuestro equipo, aunque sea haciendo trampas. Ganar unas elecciones otorga legitimidad para gobernar, pero no debería ser un cheque en blanco para disponer de las instituciones y de los derechos de todos. Una reflexión muy necesaria.