El retraso en la construcción de la A-68 entre El Burgo de Ebro y Las Ventas de Valdealgorfa es el ejemplo perfecto de la indiferencia del Gobierno central hacia Aragón. Esta autovía, prometida una y otra vez, se ha convertido en un símbolo del desinterés y la inacción del Ejecutivo en una región que lucha día tras día contra la despoblación y la marginación territorial.

Mientras el Gobierno central se llena la boca hablando de la "España vaciada" y de la necesidad de impulsar políticas que reviertan la despoblación, la realidad demuestra lo contrario. Las infraestructuras, herramientas fundamentales para garantizar la conexión, el desarrollo económico y la fijación de población en el territorio, no están en la agenda de prioridades del Ejecutivo. La situación de la A-68 no solo es frustrante; es insultante para los aragoneses, que llevan décadas esperando que se materialice una obra que podría ser clave para el futuro de la región.

El discurso oficial del Gobierno central sobre la despoblación se ha convertido en una mera estrategia retórica. Los ministros no escatiman en palabras para hablar de igualdad territorial, cohesión y desarrollo rural, pero en la práctica, estas palabras carecen de sustancia. Aragón, una comunidad profundamente afectada por la despoblación, necesita más que promesas vacías: necesita infraestructuras que conecten sus municipios y hagan posible la creación de empleo, el acceso a servicios y la mejora de la calidad de vida en las zonas rurales.

La A-68 es precisamente uno de esos proyectos que podrían marcar la diferencia. La conexión entre El Burgo de Ebro y Las Ventas de Valdealgorfa no es un capricho; es una necesidad para garantizar la competitividad de las empresas locales, mejorar la movilidad de los ciudadanos y atraer inversión a una región que lleva demasiado tiempo relegada a un segundo plano. Sin embargo, los retrasos continuos en su construcción envían un mensaje claro: Aragón no importa.

El retraso en la A-68 no es un hecho aislado, sino parte de un patrón más amplio de desinterés por parte del Gobierno central hacia Aragón. Mientras otras regiones reciben inversiones millonarias en infraestructuras, aquí los proyectos se eternizan o se abandonan. Este agravio comparativo es especialmente sangrante si tenemos en cuenta que Aragón además de sufrir una grave despoblación, es también un territorio estratégico para la vertebración del país.

La A-68 podría ser una herramienta clave para conectar el valle del Ebro con el Mediterráneo, facilitando el comercio y el transporte. Sin embargo, los constantes retrasos no solo perjudican a Aragón, sino que también limitan el potencial de crecimiento de toda la región noreste de España. Cada año que pasa sin que este tramo se complete es un año perdido para miles de personas que ven cómo sus pueblos se vacían, sus empresas cierran y sus hijos emigran en busca de oportunidades que aquí no existen.

El Gobierno no puede pretender que sus discursos sobre la España vaciada sean creíbles cuando ignora proyectos como la A-68. Este caso es una muestra más de que Aragón, y más concretamente el Bajo Aragón, no está en su radar. La falta de avances no puede justificarse con excusas presupuestarias cuando vemos cómo otras regiones disfrutan de inversiones mucho mayores. La falta de acción en este tramo de la A-68 no es un problema técnico o económico; es un problema de voluntad política. Es indignante que, mientras los pueblos de Aragón luchan por sobrevivir, el Gobierno central siga sin priorizar una infraestructura esencial para la región. Cada retraso es una prueba más de que sus palabras sobre la despoblación son meros gestos vacíos. En lugar de trabajar para corregir el desequilibrio territorial, el Ejecutivo perpetúa las desigualdades y deja claro que Aragón no es más que una nota a pie de página en su agenda.

El retraso en la construcción de la A-68 entre El Burgo de Ebro y Las Ventas de Valdealgorfa es una bofetada al pueblo aragonés, que lleva años soportando promesas incumplidas y viendo cómo se ignoran sus necesidades. Este Gobierno, que tanto alardea de su compromiso con la España vaciada, ha demostrado con este caso su falta de interés real por los bajoaragoneses y sus problemas.

Si el Ejecutivo pretende que su discurso sobre la despoblación sea algo más que una estrategia de marketing político, debe actuar de inmediato para finalizar esta autovía. Aragón y los bajoaragoneses, no puede seguir esperando ni soportando más desprecios. Los aragoneses merecen algo más que promesas vacías: merecen un Gobierno que cumpla. La A-68 es un símbolo de esta deuda histórica, y es hora de saldarla.

Carlos Boné. Alcalde de Valderrobres y senador