Al final todo sale mal... se lía, se retuerce... se descose y no hay manera de enhebrar la aguja. La presa cede... ya se puede ver a través de ella como por el ojo de una cerradura... toda el agua que caerá, para provocar mil naufragios, cientos de glu-glus.

Los más espabilados se agarrarán a los toneles... náufragos de primera clase... ahogarse con estilo, como la orquesta del Titanic... polcas y rigodones. ¡Nada de marchas fúnebres! ¡Ni de toques de oración!

Hoy me he paseado por el mercado de las novedades. Algunas tenían más de cien años, pero la gente las compraba porque olvidaron que en su día fueron novedades. Estaban usadas.

Aun así, he comprado un mono que toca los platillos, un gorila que fuma puros y una pistola que dispara un tapón para jugar a los suicidios. También una máquina para mandar al infierno, una barca para navegar sobre un río de lava y una ventana a la que se le puede cambiar el paisaje a voluntad.

Y mientras todo lo bueno, bonito y barato se me ofrecía a la vista, me he asomado a la ventana y he visto un zoco de mujeres con pañuelos en la cabeza y a un aguador y a una serpiente encantando a un flautista.

Y más allá, tras la línea de palmeras cuyas copas sobresalían del horizonte, de un cayuco bajaban hombres cargando con bolsas y mujeres cargando con niños, dispersándose en todas las direcciones, fatigados y sedientos.

Y entonces el mono se puso a tocar los platillos y los turistas abandonaron sus toallas y sus sombrillas y sus pertenencias materiales porque la emergencia había sonado como una generala en un cuartel de bañistas.

Y los perseguían hasta atraparlos para llevarlos junto al gorila que los metía en la máquina que los mandaba al infierno.

Francisco Javier Romero Gallego. Calanda. Correo del Lector