Cierro los ojos y pienso en el Caspe actual, real, tan inverosímil. Recuerdo un librito de los años 60, "Lo verosímil fílmico", de Galvano Della Volpe, en el que se viene a decir que en una película no cuenta que lo que vemos sea real, sino que el director, con el manejo de sus quehaceres, le dé verosimilitud. Y así es como pueden existir películas de mundos fantásticos que vemos sin que nos planteemos su realidad.

En Caspe ocurre al revés: que hay una realidad que nos negamos a aceptar. Si repasamos su historia, veremos que han pasado muchas cosas inverosímiles. El propio Compromiso y el efímero Consejo de Aragón podrían ser ejemplo. Y ahora, ni más ni menos, están pasando "las cosas que están pasando".

Vayamos a un lugar concreto de Caspe, muy conocido por mí por vivir muy cerca de él parte de mi familia: el cruce de la calle de Santa Lucía con la calle Alta; allí está la casa que (creo) fue del general Latre y la iglesia de Santa Lucía, en tiempos con recios arbotantes de piedra, cuando se encargaba de ella mosén Antonio del Cacho y Tiestos, un clérigo culto y enjuto que tocaba el armonio y pertenecía a una conocida familia de comerciantes zaragozanos.

En esa calle de Santa Lucía vivía la familia de mi abuela materna, y allí iba yo a ver a mi tía Josefina (viuda De Latorre), fascinarme con su álbum de postales y a jugar "a misas" en un rellano de las escaleras.

Y en esa iglesia dedicada a la protectora de la vista me bautizaron a mediados de enero de 1945. La parroquia estaba en reconstrucción por los graves daños sufridos a partir de julio de 1936. En esa iglesia no había pila bautismal, y me contaba mi madre que llevaron el agua desde la casa de mi abuelo Manuel, "el pichón", en una bella jarra antigua de cristal opaco que aún conserva mi hermana. Supongo que en la iglesia habría una jofaina sobre la que me colocarían y recogerían el agua derramada sobre mi cabecita pelona.

Enfrente de esa iglesia, que durante la Guerra Civil fue usada (otra vez lo inverosímil) como mercado de la Colectividad, está esa imponente casona del siglo XVIII ya citada, en la que vivía Pepito Pellicer, su esposa y su hija Emilita; y en cuyos bajos estaba la Imprenta Sanz, donde antes de la guerra se editaba el periódico El Guadalope, y en la que durante muchos años se siguieron componiendo libros y todo tipo de impresos, con tipografía y unas viejas máquinas Minerva.

Ese lugar es ahora una casa rehabilitada, con el añadido de la muy estrecha del "tío Zurita", un viejo carlista que (creo) había estado en la guerra de Cuba, y que recuerdo usando siempre boina roja.

Esa casa, que se vende por pisos, tiene ahora, en los bajos que fueron imprenta, un supermercado de la franquicia Carrefour regentado por pakistaníes. Esa misma esquina (y seguimos con lo inverosímil caspolino) fue captada en 1938, por la cámara de un fotógrafo que seguía a las tropas nacionales, mostrando a los soldados entrando en la ciudad de forma cansada e informal. En una de las fotos se ve a uno de los soldados moros que trajo Franco desde Marruecos, justo en lo que es ahora entrada del Carrefour pakistaní.

En Caspe la realidad es tan extraña que tendemos a no creerla. Se produce un "inverosímil real" frente a lo "verosímil increíble". Vean, si no, dejando atrás la Guerra Civil, nuestro nuevo cauce del Guadalope: una acequia.

Alejo Lorén