Llevamos semanas ya de protestas de nuestros agricultores, de nuestra base social, por una situación creada en los despachos de aquellos que jamás han pisado el campo, y si lo han pisado ha sido con zapatos y traje tras bajarse del coche oficial.
Unas protestas que ponen de manifiesto lo insostenible de la situación actual en el campo español (y también europeo), promovida en gran parte por aquella carrera sin orden ni concierto de ser los más ecológicos del planeta a costa de lo que sea y de quien sea, hipocresía mediante, y por la falta de una política de estado que proteja a los nuestros allí donde se deciden estas políticas, que permita a la gente del campo vivir con dignidad de lo que producen, no convirtiéndolos en unos subsidiados al dictado del poder, sino poniendo en valor sus productos y nuestra capacidad como país.
Nuestros representantes en Europa mientras tanto agitan sus carpetas para parecer que se preocupan de la situación, y que van a resolver los problemas de la gente que los sufre, pero o bien pactan unas condiciones en la hoja de ruta del «serás pobre pero feliz» llamada Agenda 2030, o simplemente critican a ésta última haciendo ver que tienen alguna solución para los desmanes que nos asolan hace años.
Reindustrializar el país por un lado para evitar que se pierda el valor añadido de nuestros productos, sumado a políticas de información veraz y transparente al consumidor, evitando las imposiciones al campo de aquellos que no tienen nada que perder en este asunto, puede ser la hoja de ruta a seguir para levantar la cabeza en los próximos años, mientras algunos pactan su siguiente paraíso tras dejar su acta de Eurodiputado en Bruselas.
Mucho ánimo a aquellos que sólo pueden coger fiesta los días de lluvia, y que no se cansen de dar vueltas con su tractor, porque entonces igual los del traje no tienen qué llevarse a la boca, por mucho dinero que manejen.
Cristian Poblador. Somos Caspe

