Me produce tristeza tener que recurrir a este medio para denunciar una situación que considero insólita. Hace poco tuve que acudir al Centro de Salud de Muniesa y, como persona con movilidad reducida y usuaria de silla de ruedas, comprobé que no existe ninguna plaza de aparcamiento reservada para personas con movilidad reducida.
Solicité una hoja de reclamaciones para pedir que se habilitara una plaza, pero, lejos de encontrar una buena disposición, percibí cierta hostilidad. Desde el centro me remitieron al Ayuntamiento de Muniesa, al que dirigí varios correos electrónicos y llamadas sin obtener respuesta. Finalmente, tras insistir, me comunicaron que mi reclamación había sido trasladada al servicio de Sanidad.
Mientras se resuelve, me veo obligada a estacionar en la zona reservada al personal sanitario. La normativa permite a las personas titulares de una tarjeta de estacionamiento utilizar otros espacios cuando no existe una plaza accesible habilitada. Sin embargo, también en esta situación he encontrado una preocupante falta de empatía. Un trabajador del centro llegó a advertirme de que fotografiaría mi vehículo cada hora para demostrar que permanecía allí estacionado.
Resulta desalentador que, en una sociedad que presume de inclusión, una persona con discapacidad tenga que enfrentarse a estas dificultades para acceder a un centro sanitario y que la reclamación de un derecho básico genere rechazo en lugar de comprensión.
Ojalá ningún profesional del centro tenga que encontrarse nunca en mi situación. La verdadera inclusión no puede quedarse en las palabras: debe traducirse en hechos y en unas condiciones mínimas de accesibilidad. Habilitar una plaza reservada en el Centro de Salud de Muniesa no debería ser una petición extraordinaria, sino una obligación y una cuestión elemental de dignidad.
Rafael Quílez Clavero
Muniesa

