No hay más que ver las noticias: inundaciones, sequías, huracanes... A uno le da por pensar que los periódicos cada día son más alarmistas. Sin embargo, los científicos lo engloban dentro de los terribles efectos del cambio climático. No soy negacionista, a pesar del comentario sobre la prensa, que da para otra disertación. Lo cierto es que la temperatura de nuestro planeta está subiendo —«no es para tanto», dirían algunos—, pero lo suficiente para que aquellos que siempre ganan comiencen a perder. Un grado y pico y sigue subiendo.
Las grandes compañías de seguros se han percatado de la realidad que llega y no les salen las cuentas. Las pérdidas —ojo, según ellos— son inaceptables: las catástrofes naturales son hoy más frecuentes que ayer y los afectados también. Ya no solo suceden terribles acontecimientos en zonas pobladas por gente sin recursos. El estilo de vida occidental está amenazado. Por supuesto, las aseguradoras han puesto precio a todo esto. Las nuevas pólizas no incluyen estos desastres, de la misma manera que los accidentes cinegéticos cuestan mucho más asegurarlos en las sierras turolenses que en el centro de Zaragoza. Las viejas pólizas, que tal vez incluían algo tan absurdo como los daños por inundaciones en Dubái, no se están renovando, o lo hacen por un precio prohibitivo. Ellos pueden, los que viven en Dubái, quiero decir.
Sería de esperar que nos mudáramos, fieles a nuestro origen nómada, a lugares más propicios y libres de catástrofes, ¿verdad? Siempre da vértigo cambiar de idea, que los jubilados alemanes acaben en Cuenca en vez de Mallorca. Al final, las playas y los bosques siguen estando en el palmarés de los más demandados, especialmente desde que se puso de moda el teletrabajo, después de la pandemia y eso de que la jubilación se pueda cobrar en euros, aunque la compra la hagas en singapurines.
Así, el cambio climático, acelerado por nosotros desde la industrialización, ayuda a que la desigualdad entre quienes tienen mucho y quienes no tienen nada se perpetúe. Los que tienen no desean renunciar a nada, a pesar de las inclemencias y los precios. Los que no tienen, condenados a vivir sin seguro, en un lugar sin ningún valor ni futuro, con las maletas listas por si hay que salir de allí con lo puesto. Mientras tanto, las aseguradoras han hecho los deberes y les prometo que no seguirán acumulando pérdidas.
Miguel Gardeta. No puedo callar

