Han pasado ya muchas columnas donde, quizá por la distancia y cierta desconexión, no aludía a tema alguno relacionado con mi tierra de origen. Fue mi hermano quien me envió la noticia de La Comarca que da pie a este texto-recuerdo: «Las Anas se marchan de Alcañiz, pero su colegio seguirá abierto».
Suelo retener mucho mejor en la memoria a las personas que los lugares. Por eso, al recordar el Colegio La Inmaculada, «las Anas», comienzan a desfilar por mi mente todas las religiosas que formaron parte de mi educación. A duras penas podría hacer un recorrido virtual por las estancias del colegio, pues no me lo aprendí, no condicionó demasiado mis vivencias.

Desde maternales, pasando por párvulos y EGB hasta tercero de BUP fueron trece años escolares bien intensos, donde las hermanas Andresa, Lucía, María Luisa, Carmen, Josefina, Margarita, Gregoria, Pilar, Antonia…, ejercieron su labor educativa como buenamente pudieron o supieron. Ninguna se llamaba Ana, por cierto, como la santa de su congregación. Cada cual aportó según sus costumbres, ideología, emociones, manías o virtudes, y de todo hubo, como en la viña del Señor… Una variada secuencia de postales se proyecta en mi memoria, que al fin conforman una parte esencial del álbum de mi vida. Cuentos narrados por un tocadiscos de maletín en una tarde lluviosa y aburrida, el «dime qué te han traído los Reyes Magos» sentada en un horondo regazo de tela negra, labores con hilo y aguja sobre paños inmaculados, rumores y silencios en una capilla que nos acogía y nos despachaba a la vez, reprimendas equivocadas, escribir cien veces la frase-castigo, pasajes de Historia recitados cuyo único premio era cero o diez, canturreos sobre minerales para repasar geología a coro, algún embarazo treceañero que llevó a las primeras incursiones en educación sexual, también el intento de redención a través de pases de diapositivas sobre las Misiones en Ruanda, la Física de fórmulas donde Jesucristo no era la incógnita, el interés inaudito por la gimnasia rítmica, el baloncesto y el patinaje artístico, la locura por Bach, la obsesión por la flauta dulce, aprender a base de repetir y repetir, la hucha para el Domund, la sorpresa de una atrevida cabeza sin tocado gris ni negro ni blanco, ―siempre fue un misterio qué podría significar que una monja fuera vestida de un color u otro―. Ah, y la admisión de alumnos del otro sexo, o sea, chicos, que resultó todo un acontecimiento, allá por 1983; creo que fue consecuencia de la victoria del PSOE en las elecciones generales, cosa que hizo tragar saliva a la congregación y facilitó la apertura de miras.

Son recuerdos agridulces, tirando a amables, que curiosamente no se han contaminado en exceso del sabor religioso de todo lo que se cocinaba en un típico colegio de monjas, pues en la enseñanza impartida también contribuían, y mucho, las profesoras seglares. Gracias a unas y a otras, parece que nos hemos ‘salvado’. Resistimos bastante bien en este mundo difícil, como espero que lo haga el Colegio, aun sin sus Anas.

Marisa Lanuza. Una de cal y otra de arena