Caminamos por la cuenca del Mezquín convencidos de que el silencio de nuestros montes es un invento del siglo XXI. Nos hemos acostumbrado al relato de la España Vaciada como si fuera una tragedia exclusiva de nuestra generación, pero hoy, antes de que el verde de la primavera esconda las cicatrices de la tierra, conviene recordar que bajo los olivos de Castelserás, Torrecilla o Valdealgorfa duermen pueblos enteros que se apagaron hace casi siete siglos. No somos los primeros en ver cómo una calle se queda sin niños, solo somos los últimos en heredar su olvido.

La historia oficial nos habla de las grandes órdenes militares y de la Reconquista, pero calla sobre los despoblados. Hablo de aquellas alquerías y pequeños núcleos que jalonaban las riberas del Mezquín y que la Peste Negra, las guerras con Castilla del siglo XIV y el lento proceso de concentración en núcleos mayores borraron del mapa, dejando solo su huella en los nombres de partidas de campo. Pasear hoy por esas tierras no es solo hacer senderismo, es tropezar con el arranque de un arco o el sillar de una iglesia que hace siglos que no oye una campana. Eran comunidades que, como las nuestras, creían que su mundo era eterno hasta que la historia decidió lo contrario.

Conviene no simplificar las causas del vaciado medieval. La Peste Negra llegó a Aragón en 1348 con una virulencia que el propio Pedro IV describió como una devastación sin precedentes. Pero la epidemia sola rara vez mató a un pueblo de forma definitiva, lo que hizo fue abrir la herida. Fueron la guerra con Castilla, que asoló comarcas enteras del Bajo Aragón entre 1356 y 1369, los ciclos de sequía y la pérdida de rutas comerciales los que impidieron que cicatrizara. Los supervivientes emigraron hacia los núcleos más grandes y los pequeños asentamientos quedaron abandonados, con sus casas abiertas al cierzo y sus campos sin brazos que los trabajaran. Es un proceso que cualquier alcalde de pueblo pequeño reconocería hoy sin dificultad.

El peligro de estos despoblados no es que hayan desaparecido, sino que dejen de ser visibles. En un mundo que solo valora lo que tiene una placa de metacrilato o una entrada en internet, estas piedras mudas corren el riesgo de ser consideradas estorbos para el tractor. No hace falta una excavación espectacular para que un lugar merezca ser recordado, a veces basta con una acumulación de piedras que no encaja con la forma del terreno y con alguien dispuesto a preguntarse qué pasó allí.

Estos días, cuando el sol de la tarde alargue las sombras sobre los bancales de olivos, fíjense en esas acumulaciones de piedra que no parecen naturales. Son el testimonio de que el Bajo Aragón es una tierra de capas, de regresos y de ausencias. Ignorar esas piedras no es solo un descuido cultural, es tomar decisiones sobre un territorio sin leer su historial completo, como si un médico recetara sin preguntar los antecedentes del paciente.

Y conviene tenerlo presente ahora que volvemos a debatir qué hacer con este territorio: si llenarlo de placas solares, centros de datos y aerogeneradores es progreso o es la última vuelta de tuerca sobre una tierra que lleva siglos siendo usada desde fuera sin preguntar demasiado a quienes la habitan. Los medievales también creyeron que transformar el paisaje era sinónimo de prosperar, y algunos de aquellos pueblos pagaron el precio de haberse equivocado. La memoria del Mezquín no nos pide que nos opongamos al futuro, nos pide que lo negociemos con la misma inteligencia con la que aquellos vecinos buscaban el agua y orientaban sus casas. Porque un territorio no es solo el suelo que se pisa, sino todo lo que guarda debajo.

Jorge Herrero. Papel y pixel