Corto queso de Samper, descorcho una botella de Lagar d’Amprius Garnacha, me sirvo una copa y pongo el cedé de las Variaciones Golbberg que registró Glenn Gould en 1981. Distingo el murmurar de la voz de Gould, reconozco el chirriar de su vieja banqueta. Me pone la piel de gallina.

Soy un fan de las melodías. Priorizo estas en toda clase de música y Glenn Gould es un maestro interpretándolas. Hace que afloren en mí muchas sensaciones, alegría de vivir, tristeza, y más cosas que sólo podría describir desde mi lado más fantasioso, pero eso me llevaría demasiado tiempo, no es necesario. Os invito a que busquéis esta música. Aconsejo escucharla en un equipo de calidad o con auriculares (yo toda la música la escucho así, pero esta se oye especialmente penalizada sin un mínimo de calidad sonora). De verdad, pienso que cualquier persona, con un mínimo de sensibilidad, puede llegar a sensaciones fantásticas escuchando esto. El Aria, que abre el disco, es la melodía base desde donde nacen las variaciones que integran la obra, pero toda la grabación es extraordinaria y necesaria. Todo en este disco es magistral.

Es espléndido cerrar los ojos y ensoñarse durante la escucha del Aria y no pensar más que en sentir. Al rato, la primera variación se encargará de despertarte del trance. El despertar es brusco pero, a su vez, sublime.

Esta obra es principio y final; principio, ya que el registro de 1955 fue su primera grabación en estudio, y arrasó en las ventas de música clásica hasta ese momento (actualmente, Glenn Gould sigue siendo el intérprete de clásico que más vende). Gould se convirtió en un ídolo para muchos, y en un demonio para algunos puristas. La grabación del 81 fue el final de su carrera, y de su vida. Con esta segunda grabación de las Goldberg cerró un circulo mágico de maestría y belleza.

Glenn Gould fue un niño prodigio, aunque tanto él como sus padres lo niegan. Sus padres criticaban a los progenitores que exponían a sus hijos a edades tempranas; entre ellos, el caso de Mozart. No dejaron que el niño Gould tocase en público hasta los 15 ó 16 años.

Fue concertista de gran nivel, pero un buen día decidió dejar de serlo (1964). Resolvió no volver a dar conciertos y pasó a grabar su música en estudio.

Tiene un sinfín de discos editados, donde destaca interpretando la obra de Bach, pero también lo podemos encontrar tocando a otros grandes compositores, e incluso alguna composición propia.
Aunque no hayáis oído hablar nunca de él, seguro que lo habréis escuchado, más de una vez, ya que su música forma parte de muchas producciones de Hollywood, de cabecera de programas, anuncios, series y más.

Ángel Fernández Balasch. Mi canción de hoy