El Arte y la sociedad van de la mano. De hecho, este es un trasunto de ella.
El cerebro busca orden. Crea cajones o celdas parecidas a un fichero, como un ordenador. Tenemos que encasillar y clasificar para almacenar y poder evocar con prontitud toda la información que pudiera ser de utilidad. Así desde niños: ceros y unos, blanco y negro, bueno y malo. Es simple, maniqueo, y a medida que descubrimos los grises, se rompen esas celdas clasificatorias, pasando por una fase de desconcierto y zozobra hasta que abrimos nuevos espacios con más matices, subdivisiones donde encajar lo nuevo.
En cuanto pasamos de los héroes guapos y buenos o los malos feos y traidores, a encontrarnos con una reina guapa que es una bruja mala o que el galán puede ser deshonesto, se rompe el cliché, y buscamos nuevas estructuras en las que encajar la nueva situación.
Igual es la evolución de un pueblo y sus manifestaciones como el Arte.
La clave está en el concepto: cuando tienes una sociedad con los conceptos claros, admira lo sublime según sus parámetros de estética. En cuanto estos se diluyen, ya vale todo y el Arte se expande fraccionado en mil partículas buscando un camino, que se amoldará posteriormente a su nuevo espacio. ¿Qué es ser hombre y qué mujer con todo el abanico de géneros entre ambos? ¿Niños con artículo neutro?
Nos enfrentamos a grandes debates que nos van a redefinir como sociedad, rompiendo los moldes anteriores, para hacer sitio a lo nuevo, que nunca antes ha sido así (aunque no haya nada nuevo bajo el sol).
Pero ¿y si el verdadero Arte no se atiene al tiempo y a las estructuras propias de la sociedad en la que existió? Si hoy nos sobrecogemos con Velázquez: las vestimentas, movimiento de la rueca, el frescor del agua, el retrato psicológico, la pincelada maestra, la búsqueda de la trascendencia… ¿qué ocurre hoy con el plátano de «Comediante»; un plátano adherido a la pared valorado en 6,2 millones de dólares? Las celdas no se han roto. Han explotado.
No podemos perder la perspectiva de los pueblos coexistentes. No olvidemos que la Roma decadente de conflicto de valores y de concepto con protohippies que vestían pantalones de cuero imitando a los bárbaros, cayó, aprovechando el impás de zozobra, en manos de los mismos bárbaros imitados.
El Arte sirve como testigo sociológico de su tiempo, pero el verdadero no puede ser pelado y devorado por un bárbaro.

Rubén Vidal

