La política aragonesa atraviesa uno de esos momentos en los que resulta difícil saber si uno está leyendo la sección de noticias o el guion descartado de La vida de Brian. No porque falten problemas reales —que sobran—, sino porque la escena se ha llenado de secundarios hablando a la vez, convencidos todos de ser el protagonista.
Esta semana, por ejemplo, hemos descubierto que gobernar puede consistir en romper lo que uno mismo había montado hace cinco minutos, siempre con gesto solemne y explicación urgente. Nada nuevo bajo el sol: en el Sanedrín político, la prisa se ha convertido en doctrina y el volantazo en argumento. Si alguien pregunta por el plan, se le responde con una convocatoria, una declaración grandilocuente o una comparecencia improvisada. Y a otra cosa.
Mientras tanto, la oposición —o lo que quede de ella según el día— denuncia el caos con una indignación tan intensa que apenas deja espacio para la propuesta. Se protesta mucho, se explica poco y se concreta menos. Es el clásico «esto es intolerable» seguido de un silencio estratégico cuando llega la pregunta incómoda: «¿y usted qué haría?». El grito funciona mejor que el matiz, y además ocupa menos tiempo en redes. Hay quien ha descubierto que enfadarse permanentemente es una forma eficaz de no tener que pensar demasiado. El enfado tiene una ventaja competitiva: no necesita datos, solo enemigos. Y en Aragón, como en Judea, enemigos nunca faltan. Siempre hay alguien que traiciona, alguien que conspira y alguien que impide hacer lo que, curiosamente, tampoco se concreta del todo.
En medio del barullo, aparece de vez en cuando una voz que no grita. Y eso, hoy, resulta casi subversivo. Hablar normal, explicar sin dramatizar o no convertir cada rueda de prensa en una batalla épica parece un acto de rebeldía. No genera memes, pero desconcierta. Y en un ecosistema político adicto al sobresalto, desconcertar es peligroso.
También están los que llevan tanto tiempo defendiendo lo mismo que ya no recuerdan muy bien qué defendían exactamente. Repiten palabras grandes —territorio, identidad, Aragón— como si fueran conjuros que se activan solos. El problema es que los conjuros, sin hechizo detrás, se quedan en ruido. Mucha bandera, poca hoja de ruta.
Y luego están los que llegaron para romper el tablero, denunciar que el juego estaba trucado y exigir que alguien mirara por los de siempre. Lo consiguieron. Ahora les toca algo más difícil: demostrar que no basta con señalar el tablero, que también hay que saber mover las fichas sin convertir cada jugada en una asamblea eterna.
Todo esto ocurre mientras la ciudadanía observa con una mezcla de cansancio y perplejidad. Porque el problema no es que la política sea compleja, sino que se haya vuelto infantil. Que cada decisión se explique como una victoria moral o una catástrofe histórica. Que todo sea urgente, definitivo e irrepetible… hasta mañana.
En La vida de Brian había una escena memorable: decenas de facciones discutiendo acaloradamente mientras el poder real avanzaba sin hacer ruido. Algo parecido ocurre aquí. Mucho debate sobre quién es el verdadero intérprete del mensaje y poca atención a si alguien está resolviendo algo tangible.
Posiblemente sea el momento de una herejía política: menos épica y con más oficio. Menos gesto y más gestión. Menos Sanedrín y más mesa de trabajo. Porque cuando la política se convierte en un concurso de indignación, el premio no es gobernar mejor, sino salir más veces en pantalla. Y eso, por muy divertido que resulte al principio, acaba cansando incluso a los más fieles. Porque reírse de la política es sano. Que la política se ría de sí misma, no tanto. Y así llegamos a los esperpénticos últimos resultados electorales.
Alberto Quílez. Director de la Cátedra Caja Rural de Teruel para el Desarrollo del Talento y la Personalización del Aprendizaje

