
La idealización romántica viene desde tiempo antiguo y ha sido usada en todas las artes y períodos históricos. Bucólico viene del griego «boukolós» (pastor), adjetivo referente a las delicias de ensueño de la vida campestre. Son famosas más adelante las «Bucólicas de Virgilio» y, ya en el Renacimiento, las romanzas pastoriles ensalzan la paz, la armonía, la pureza, los amores no correspondidos, la melancolía… Nos muestran a eruditos e ilustres pastores de costumbres cortesanas. Ni pienso, ni pala, ni paja, sino flautas y lírica.
Hemos conocido a varios pastores, pero de guisa muy distinta. De tantas horas en soledad, mi padre afirmaba que suelen ser sabios o locos (también él era un romántico). En una ocasión nos cruzamos con un par de ellos licenciados y eruditos, pero nada contemplativos. «bisogna lavorà» (que decía Montesano en «Il conte Tacchia»).
También la idealización se mofó de mí en las primeras salidas con caballete. En vez de armonía encontré calor, frío, reflejos en la pintura que no te dejan ver, insectos especializados en las infinitas formas de jorobarle a uno, incluidos los suicidas que se capuzan en los colores brillantes o aletean en un denso y matérico cielo de óleo, dejando surcos indelebles. Mal si lo dejas, y mal si extraes el «cadáver».
...Y no solo en las primeras salidas: el viento, lluvia, piedras al borde de un precipicio que casi acaban contigo… Esa fue buena, pintando el Faro de La Mola de Formentera. O cuando casi me raptan por pintar en el km 42 de Guayaquil, si no llega a ser por el pastor (de almas) que me acompañaba.
Los mendigos bajo el puente de Prinzen me daban día a día sus impresiones y consejos sobre la evolución del cuadro del canal de Kreuzberg. También he tenido animales sabios «críticos de arte»: un perro me dejó por imposible al no aprobar mi medición de la perspectiva en un dibujo de la basílica de El Pilar desde el Actur. Tras observarme, se fue aullando.
En una amplia vista del valle del Ebro desde El Piquete de Quinto, dos vencejos dejaron caer sendas bombas en medio de mi acuarela, dejando clara su opinión sobre mi trabajo.
Me han perseguido un burro, dos vacas, un caballo y un exhibicionista belga.
Una señora quiso enseñarme a coger el pincel en Vallvidrera, y un desequilibrado agresivo afirmaba desafiante que pintar era muy fácil, a lo que yo asentía efusivamente.
La idealización nos sirve para mantener el sueño que redondea las espinas, y el tiempo nos permite reírnos de ellas.
Rubén Vidal. Caballete de Papel

