Regresó a finales de los noventa con aires distintos, más pop-rock y un disco que empezaba así: «Sabes que soy un tipo poco recomendable…».
Era una persona enamorada de la literatura y muy curioso (abierto a la curiosidad), se esforzó en leer y entender las letras en francés de Georges Brassens. Cuando hablaba francés, tenía un acento muy torpe pero mucho vocabulario; aunque en muchas frases metía expresiones raras, como antiguas, seguramente sacadas de leer a Georges Brassens o poesía francesa de otros tiempos.
No era un músico de estudio, de ahí que sus músicas se muevan dentro de lo sencillo, lástima de no haber tenido un Miralles a su lado para mejorar esta carencia, porque era muy bueno con las letras (con esto no quiero decir que sus canciones fuesen malas: había muchas que me gustaban y eran de gran calidad, pero si hubiese tenido más anchura musical, seguramente hubiese indagado en otras fórmulas; de todas maneras, como decía Joaquín: «¿Y para qué tanto?»). Normalmente escribía sobre su vida o crítica social. También tocábamos alguna de otros músicos que admiraba. Por ejemplo, la versión de Paco Ibáñez que hacíamos de Palabras para Julia, de José Agustín Goytisolo: Un hombre solo, una mujer, así tomados, de uno en uno, son como polvo, no son nada. Brutal.
Estuve tocando con él muchos años y con formaciones distintas; con la que mejor me lo pasé fue la de trío con Philipe Charlot. Las conversaciones eran muy interesantes y, cuando viajas mucho, hay mucha convivencia. Tanto Joaquín como Philipe eran escritores; además, eran muy fans de Brassens y Charles Trenet, y eso amenizaba bastante. Philipe y Joaquín eran muy, muy amigos.
Tanto tiempo junto a él me dio para recopilar varias anécdotas; hoy dejo alguna: Joaquín se compró un afinador igual que el mío; al tiempo se compró una guitarra con afinador incorporado y ya no utilizaba el afinador externo. En un bolo me vio afinar con «mi afinador» y me dijo: «Este afinador es mío», y yo le dije que no, que tú tienes otro igual, que este era mío. Después, en casa, me di cuenta de que tenía dos afinadores Yamaha: le había robado el afinador a Joaquín. Después de negar que aquel era su afinador, ya no me atreví a reconocer mi hurto, pero bueno, ya no lo necesitaba.
Otra muy buena fue cuando le envió el borrador de Pongamos que hablo de Joaquín, que escribió sobre Joaquín Sabina, a Sabina. Eso me lo contó yendo a tocar a dúo a Madrid: «Le envié el libro a Joaquín (Sabina); no me decía nada y decidí llamarle, y me dijo: «Podrías haber puesto alguna cosa buena sobre mí». —Lo estoy reescribiendo».
Sus antepasados venían de Horta de Sant Joan (de ahí sus apellidos: Carbonell Martí) y estaba recopilando información para escribir una novela basada en ello. Quizá esté empezada en algún lugar...
Coco Balasch

