Mientras en Madrid una habitación en alquiler ya supera con facilidad los 700 euros al mes, en las zonas más despobladas de España todavía es posible comprar una casa con jardín por el precio de un coche de gama media. Es una afirmación fuerte, pero real. Parece una exageración, pero basta con entrar en cualquier portal inmobiliario para comprobarlo: viviendas por 20.000, 30.000, 40.000 euros…

Sobre el papel parece un chollo, hasta que uno se pregunta por qué cuesta tan poco. Suelen ser construcciones datadas hace décadas, incluso algún siglo, que requieren una rehabilitación prácticamente integral. Pero aun así, sumando la reforma, el coste total continúa siendo mucho más asequible que comprarse una casa en las grandes ciudades.

En Madrid, el precio medio supera ya los 5.800 euros por metro cuadrado. Allí, un piso de tamaño medio ronda el medio millón de euros.

Vivimos tiempos en los que se romantiza la vida en los pueblos, en la naturaleza. Cada vez son más los jóvenes y no tan jóvenes los que se animan a cambiar de estilo de vida y huir de las urbes, muchas veces con el proyecto en mente de comprar una propiedad y reformarla. Todo parece perfecto hasta que se dan cuenta de cuál es la cruda realidad: un hogar no son solo cuatro paredes y un tejado. Es un centro de salud, un colegio, transporte, una conexión a internet que funcione, un comercio abierto, un trabajo al que acudir cada mañana…

En verano los pueblos se llenan de vida. Recuperan el bullicio, se llenan las piscinas, las plazas y las terrazas tienen las mesas llenas. Es fácil enamorarse del pueblo en vacaciones. Lo difícil es hacerlo un martes cualquiera de enero, cuando el consultorio abre dos días por semana, el autobús pasa una vez al día (con suerte) y el supermercado más cercano está a media hora. Cuando la ambulancia tarda en llegar.

Paradójicamente, aquello que durante décadas fue sinónimo de atraso (las casas antiguas, el silencio, la tranquilidad, la ausencia de prisas) hoy se vende como un lujo. Miles de personas pagan por desconectar un fin de semana en lugares que otros llevan años abandonando porque allí era imposible construir un proyecto de vida.

No necesitamos pueblos convertidos en escenarios nostálgicos, idílicos, en postales para turistas. Que brillen en verano y se apaguen en invierno. En los que no haya niños ni quioscos que vendan la prensa del día. Necesitamos que sean lugares donde se pueda elegir vivir, que cuenten con lo básico. El verdadero problema no es que existan casas baratas y ruinosas que nadie quiere comprar, sino que la falta de servicios hace difícil querer quedarse.

Las casas pueden rehabilitarse; lo realmente complicado es reconstruir las oportunidades cuando todos se han ido.

Laura Quílez. En busca del tiempo perdido