Me siento a tomar una infusión que no probé nunca: cúrcuma, canela y manzana. Me guía en su elección haber oído que la cúrcuma tiene efectos antiinflamatorios, y no otra cosa necesita mi cuerpo afectado cruelmente de artritis.

Elijo uno de los cinco bares que aún están abiertos en la Plaza. El que ocupa el bajo del que sería cuarto arco del Toril. Tiene recios muros de piedra, lo que me hace pensar que esa casa bien pudo ser un torreón allá por el siglo XV. Me sirve una mujer joven, mientras atiende también a su hijo, un niño que entra y sale a jugar a la Plaza.

La taza está caliente y, mientras dejo que se macere la mezcla de componentes y se mezclen sus sabores, miro por la ventana que da bajo el Toril; y me siento trasladado a un país que no acabo de identificar, pues son varias las indumentarias de los que pasan por la estrecha calle, y diversos los acentos de las lenguas que escucho hablar.

Me distrae la entrada del hijo de la chica que me sirvió la tisana, que noto dice mamá pero ya no entiendo ninguna otra palabra. Cuando el niño sale de nuevo a la plaza, le pregunto de dónde son originarios, y me dice, en perfecto castellano, que vinieron desde Pakistán. Ante tanta mezcla de sensaciones orientales, se me ocurre pensar, en un alarde alocado de imaginación, que la biblioteca que el Ayuntamiento está construyendo allí al lado, en la calle de la Huerta de la Herradura, bien podría ser la de Alejandría.

Cierro los ojos y no sé exactamente dónde estoy. Veo el Toril de mi infancia, donde vivían aquellas mujeres que vendían pepinillos, cebolletas y turmas en vinagre (qué ricas), además de golosinas como peladillas, caramelos y chupadores de colores. Y cuando no lo hacían en el patio de la casa, se colocaban en una mesita en la acera de la Plaza. Pero aquellas mujeres vestidas de negro y con taquillas ya no están, y ahora no dejan de pasar mujeres con chales de colores brillantes, u otras con sobrias túnicas con capucha y hombreras y con la cabeza con pañuelo y la cara oculta tras un trozo de tela.

Los arcos medievales bajo los que me encuentro y la indumentaria que veo me llevan al convencimiento de que vivo una ficción, una alucinación, o una nueva realidad. Miro a la chica del bar y me sonríe. Descarto que me haya dado una pócima alucinatoria. Me tomo la infusión reparadora de dolores tranquilamente; y acabo dándome cuenta de lo que ocurre: es que estoy en Caspe en octubre de 2026.

Alejo Lorén