Llevamos más de un mes en una situación que parece tremendamente complicada. Una ciudad autónoma, territorio intrínsecamente español, desde antes incluso de que el reino alauí se crease y de que fueran sultanes más tribales que estadistas, pasó a formar parte de este país, el nuestro.

Pocas veces se ve la despreocupación de un Gobierno ante una situación tan peliaguda, ya no por impotencia ante una invasión encubierta, sino por no perder ni siquiera un día o dos de vacaciones.

Lo de este país parece, en ocasiones, obra de nuestro ilustre paisano Luis Buñuel, algo propio de esa generación del primer cuarto del siglo pasado. En una de sus películas también hay una invasión —perdón, que igual hiero sentimientos si utilizo este término—, porque, claro, si es a nado y no por tierra, adquiere connotaciones jurídicas interpretables exclusivamente por un equipo de Gobierno abatido por las cuestiones más preocupantes para el «number one».

Para el resto de ciudadanos, a veces, y en modo conspiranoico —o no tanto—, te surge la duda o curiosidad de qué le deberemos al amigo Mohamed VI, amigo no precisamente nuestro, quien, como siempre que ha podido, en momentos cruciales o de inestabilidad, ha aprovechado para ejercer una importante acción contra nuestro Estado, con buen rédito para su país.

Vemos imágenes de gente en situaciones penosas, ante las que poco pueden hacer los vecinos de Ceuta, ciudad donde las haya en cuanto a integración de culturas, pero que ahora vive más bien una situación de desbordamiento.

Y aquí no pasa nada. El presidente, con recomendaciones musicales, por aquello de «quien canta, su mal espanta», y aquí todo como si nada.

Eso sí, recordando episodios librados con más honor y con el resultado que se esperaba, y menospreciando la actuación en ese preciso momento.

España habló, eso sí, sin los partidos de izquierdas. Una vez más, una muestra de la polarización remunerada con puestos de consideración y que, al fin y a la postre, vuelve a mostrar temor más por lo que se calla que por lo que se dice.

Una vez más, este Gobierno vende desgobierno y muestra una actitud chulesca frente a quienes, en algún momento, deberían ser aliados de facto. Todo ello se convierte en un despropósito institucional donde los perjudicados son las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, abandonados a su suerte, y los ciudadanos de la ciudad autónoma, tan españoles como los ciudadanos de Teruel, pero desprotegidos y desamparados ante una frontera donde lo que menos hay es aquello que la propia palabra indica.

Jose Miguel Celma. PP / Torrecilla de Alcañiz