Ayer fue el Día Internacional de las Mujeres Rurales. Cada 15 de septiembre les, nos, dedico este espacio. No quiero hoy recordar a mi abuela, ni valorizar el papel de la mujer rural como garante del repoblamiento, ni defender la evidencia de los retos por lograr. Quiero poner el foco en la luz de tantas mujeres que siguen viviendo a la sombra de los prejuicios y los estereotipos de otro tiempo.

Mujeres a las que alguien decidió colgar una etiqueta, como si fueran prendas olvidadas en el saldo de las rebajas de mid season, en pleno siglo XXI, cuando semejantes comentarios deberían estar más que superados. En el medio rural, las barreras de la presión social siguen siendo de cemento en demasiados lugares. Condicionan decisiones, apagan ilusiones y reducen historias extraordinarias a cuatro comentarios de sobremesa y barra de bar. Apenas hablamos de ello y casi todos, alguna vez, hemos participado en ese juego cruel, incluso sin ser conscientes.

Aquí todavía algunos confunden conocerse de toda la vida con tener licencia para fiscalizar la ajena. Persiste una suerte de tribunal popular, con sede en cualquier peña y delegaciones en cada esquina. Allí se examina cómo viste una mujer, cuánto trabaja, con quién se relaciona y qué decisiones toma. Siempre hay alguien dispuesto a sacar la libreta y apuntarla en la lista. Algunas etiquetas sobreviven incluso a quienes las inventaron. Las transporta el rumor cobarde, que no da la cara y casi nunca admite rectificaciones.

El juicio se recrudece cuando la mujer es joven o extranjera. Esta semana me han llegado comentarios sobre mujeres de otros países que llevan años viviendo entre nosotros. Se ponían en duda sus intenciones sentimentales y sus maneras, como si sus relaciones afectivas debieran superar una inspección vecinal. Las etiquetas pueden perseguirnos durante décadas. Es una vergüenza no propia, sino ajena. Seguro que les vienen ahora mismo muchos nombres a la cabeza, de mujeres de hoy, de ayer y de hace 20 años.

También compartimos la fila del colegio, las tiendas y los centros de salud con mujeres llegadas de entornos donde imposiciones familiares, religiosas o culturales restringen su autonomía e igualdad. ¿Conocen sus derechos? ¿Tienen independencia económica o una red de apoyo para ejercerlos? Respetar las creencias no obliga a aceptar prácticas que subordinan a las mujeres. Tampoco permite confundir una elección personal con una imposición. Importa escuchar antes de juzgar.

Y en esta verdulería nuestra, siempre hay por suerte quien aporta sentido común. No olvidemos que la violencia machista es la expresión más extrema de una desigualdad y que también prospera en humillaciones cotidianas. Tampoco olvidemos que a veces somos las propias mujeres quienes alimentamos esa vigilancia.

Ante el próximo comentario machista, propongo dos preguntas. ¿Es esa toda la verdad? ¿Eso define a una persona? Quizá ese pequeño ejercicio baste para interrumpir el rumor, el estereotipo, el juicio de lo próximo que debería precisamente permitirnos aportar más luz, más red, más apoyo.

Más allá de los actos institucionales y los discursos trillados por este día, la igualdad exige revisar juicios y machismos normalizados. El siglo XXI lleva ya más de un cuarto de vida en marcha, aunque algunas tertulias parecen haberse quedado en el anterior. La próxima vez que alguien nos invite a juzgar la vida de una mujer, propongo cambiarle la conversación y la mirada. Que saque la libreta y apunte. Seguro que tiene más cosas que aprender de ella que motivos para criticarla.