Es una gran responsabilidad, especialmente en una gran ciudad, frecuentar una librería de barrio. Sí, está muy bien lo de fomentar el comercio local y todo eso, pero nadie habla de la presión que supone comprar ahí.
Les cuento algo personal.
Yo era un enamorado de una pequeña librería en Zaragoza cuyo nombre, por motivos obvios, no desvelaré. Se accedía a ella a través de dos pequeños escalones y su puerta siempre estaba medio atrancada. Entrar suponía ya un estrépito impropio de un lugar dedicado a la lectura —silencio, reflexión, recogimiento… ya me entienden—. Era un lugar minúsculo, por lo que, nada más entrar, te topabas con el dueño detrás de un mostrador.
No había intimidad. Las estanterías parecían más las de tu casa que las de un comercio, y para andar de aquí para allá había que dar pasos muy medidos, como Indiana Jones en el templo maldito. Además, el suelo crujía a cada paso. El dueño habría podido ser ciego y saber en todo momento dónde me encontraba. Y hablo en primera persona porque la librería siempre estaba vacía. No recuerdo haber intercambiado opiniones con nadie allí dentro.
Sin embargo, el tamaño físico era inversamente proporcional a las maravillas que allí se podían encontrar. Todo era interesante, y llegó un momento en que la presión me pudo. No podía decepcionar al dueño con mis compras superficiales ni marcharme con las manos vacías sabiendo los tesoros que dejaba. Cada visita era agotadora psíquicamente.
Por eso dejé de acudir.
Al tiempo pasé por allí y había cerrado. Un pensamiento, fugaz y aterrador como un relato de Poe, me sacudió: ¿y si yo, en verdad, había sido su único cliente?
Por eso los animo a que, aunque sea un desgaste y suponga una presión inmensa, consuman de manera local. Gasten su dinero en esos comercios que se dejan la vida cada jornada para levantar la persiana, porque una vez que la bajan, ya no vuelven a subirla, y es entonces cuando nos preguntamos por qué. ¿Por qué? Porque tú, sí, tú, dejaste de acudir a comprar libros, puerros, pilas alcalinas o cualquier otra cosa que, eso sí, comprándolo en línea te lo llevan a casa y te ahorras el paseo.
¿No querías empezar a moverte, que estás echando unos kilos? Pues deja de pedir por Amazon y baja a la tienda de la esquina, que todos saldremos ganando.
Miguel Gardeta. No puedo callar

