Hay preguntas que parecen simples, pero esconden una enorme responsabilidad. Una de ellas es esta: ¿cómo enseñamos y qué estamos provocando sin darnos cuenta?
Durante años hemos hablado de innovación, metodologías activas o enseñanza tradicional. A veces da la sensación de que hablamos de modas, de tendencias que van y vienen. Sin embargo, cuando uno se acerca a la evidencia científica y observa lo que ocurre realmente, descubre que no estamos hablando de estilos pedagógicos por gusto, sino de cómo influyen directamente en aspectos tan importantes como la motivación o la autoestima de nuestros niños y niñas.
En una investigación que he tenido la oportunidad de desarrollar con alumnado de entre 6 y 9 años analizamos la relación entre el estilo de enseñanza del profesorado, la forma en que aprende el alumnado, su motivación y su autoestima. Lo que encontramos invita a una reflexión profunda y, sobre todo, muy humana.
Cuando el aula se basa casi exclusivamente en la explicación verbal, la repetición y la escucha pasiva, el alumnado tiende a adaptarse a ese modelo. Predominan formas de aprender más visuales y auditivas: mirar, escuchar, copiar. El problema no es el método en sí, pues también se ha demostrado, nos guste o no, que el método instruccional tiene un poder de enseñanza enorme.
Prueben a dibujar una casa en 10 segundos y verán cómo casi todos lo hacemos igual. ¿Por qué? Sencillamente porque es la representación de casa que nos enseñaron hace 10, 20 o 30 años… cuando estábamos en el aula de Infantil. Lo preocupante viene después, y es que este tipo de enseñanza se presenta con connotaciones negativas asociadas a una menor motivación y con perfiles de autoestima más frágiles en una parte del alumnado.
En cambio, cuando el profesorado introduce metodologías donde se manipula, se dialoga, se experimenta, se coopera y se toman decisiones, cambia algo más que la dinámica del aula. Cambia la relación del niño con el aprendizaje. Aparecen formas de aprender más activas y mixtas, donde interviene el cuerpo, la acción y la experiencia. Y, lo más importante, aumenta la motivación por conseguir metas. El alumnado siente que lo que hace tiene sentido.
Esto es especialmente delicado en las primeras etapas de Primaria. Entre los 6 y los 9 años no solo se aprenden matemáticas o lengua. Se construye algo mucho más profundo: la imagen que cada niño tiene de sí mismo como estudiante. Es la etapa en la que, sin decirlo en voz alta, muchos empiezan a preguntarse: «¿soy capaz?», «¿valgo para esto?».
La autoestima escolar no es un detalle emocional secundario. Es un pilar que influye en el esfuerzo, en la persistencia y en cómo afrontarán los retos durante toda su vida académica.
Además, la investigación nos recuerda algo fundamental: no existen estilos de aprendizaje rígidos e inamovibles. El alumnado se adapta al entorno. Aprende según las oportunidades que le ofrecemos. Por eso, más que etiquetar a los niños, deberíamos preguntarnos si nuestras aulas permiten aprender de distintas maneras o si, sin querer, estamos cerrando puertas.
No se trata de demonizar la enseñanza tradicional ni de idealizar cualquier propuesta innovadora. Explicar bien sigue siendo necesario. Lo que la evidencia señala es que la combinación es clave. Explicar, sí, pero también dejar hacer. Guiar, pero también permitir explorar. Enseñar contenidos, pero también cultivar la curiosidad, la autonomía y la confianza.
Ahora que nos hemos acostumbrado a hablar de bienestar emocional, de inclusión y de atención a la diversidad, estas cuestiones nos interpelan como docentes, familias y sociedad. Porque la forma en que enseñamos no solo transmite información, también construye autoconcepto y marca trayectorias personales.
Por tanto, no solo debemos preguntarnos cómo queremos que aprendan nuestros hijos e hijas. La pregunta es más profunda: qué tipo de personas ayudamos a construir con cada decisión que tomamos.
Alberto Quílez. Profesor de la Universidad de Zaragoza y director de la Cátedra Caja Rural de Teruel - Fundación Térvalis

