Tenía 21 años cuando me tocó hacer la mili y no esperaba que mi destino iba a ser el Sáhara. En la Caja de Reclutas de Teruel, la número 45, nos dijeron dónde nos mandaban. Yo no lo había pedido. Los destinos se repartían según la letra inicial del apellido y a mí me tocó allí. Yo estaba estudiando primero de Medicina y aquello me sentó mal. Quería ser médico y me gustaba todo lo relacionado con la sanidad, pero tuve que dejar los estudios. Mi padre era cirujano y yo ya tenía algunos conocimientos de medicina y había hecho prácticas en un hospital de Madrid.

En casa lo tomaron como algo que tenía que pasar. «Ha tocado y ya está», debieron pensar. Yo tampoco estaba demasiado nervioso. Cuando tienes 21 años te comes el mundo.

Salimos de Teruel y pasamos por Zaragoza y Madrid. Después, fui en tren hasta Cádiz, donde esperamos en los cuarteles hasta embarcar en un barco llamado Virgen de África.

El viaje duró aproximadamente una semana. Cuando llegamos al Sáhara no había puerto en El Aaiún. El barco se quedó a varios kilómetros de la costa y tuvimos que llegar a tierra en unas barcas pequeñas. Una vez allí, un Land Rover nos recogió.

Los veteranos estaban esperándonos porque querían marcharse cuanto antes. Lo primero que vi fue arena por todas partes.

Fui destinado al Hospital Provincial del Aaiún, un hospital cívico-militar, donde trabajaba como ayudante del capitán cirujano. Mi primer día fue bien porque ya había hecho prácticas en un hospital de Madrid. Ayudaba a los médicos en lo que hacía falta y atendíamos enfermedades, heridas y accidentes de tráfico. Incluso asistía al ginecólogo en los partos. Como vivíamos allí mismo, cuando avisaban de que alguien necesitaba ayuda, acudíamos a la consulta.

Vivir allí tenía sus dificultades. El calor era fuerte y lo peor era el siroco. El viento llenaba todo de arena y eso afectaba mucho al trabajo.

Como reclutas tampoco podíamos hacer instrucción cuando había determinadas condiciones. Hasta el mosquetón había que llevarlo cubierto para que no se llenara de arena.

El agua también era un problema. Venía de Canarias y había una depuradora para tratarla, pero se estropeaba continuamente y el agua era muy salada.

La comida, en general, era buena. Allí se comía lo que te daban, incluso carne de camello. También había restaurantes canarios y bares donde podíamos ir.

No todo era trabajo. Cuando terminábamos, podíamos salir a pasear, ir al cine o tomar algo. Había dos cines y también un salón de baile que se llamaba El Oasis.

A mí me gustaba especialmente el cine. Mi favorito era el cine Las Dunas y, si podía, iba todos los días.

Durante aquellos meses escribía dos cartas todos los días: una para mi madre y otra para mi novia, que con el tiempo se convirtió en mi mujer. Les contaba todo lo que hacía, cómo era mi trabajo y también cuánto deseaba volver.

Estuve en el Sáhara alrededor de 17 o 18 meses. Para poder regresar había que esperar a que llegara el relevo.

Fernando P.
AFEDABA