Considero muchas de nuestras pasiones como innatas. Por eso comprendo la emoción por el tambor y el bombo de mis convecinos meses antes de Semana Santa, por eso me comprendo -y no me fustigo- al carecer de interés personal en ello.

Sin embargo, y aunque parezca una incongruencia, la Semana Santa siempre ha ocupado un recoveco especial en mi interior. No fueron los célebres instrumentos de percusión quienes me atrajeron, sino uno de viento, no muy voluminoso, sin pistón si hablamos de mis inicios y atribuido en ocasiones al estamento militar: la corneta.

Desde que tengo recuerdos he acompañado a mi padre, el ‘Moya’, a los ensayos de los Romanos de Andorra, memorizando aquellas melodías que dependiendo del día sonaban mejor o peor, pero que todos conocíamos. Ángel Villanueva, el Bauti… la vieja guardia que me comenzó a instruir sin ni siquiera tener diez años.

Las circunstancias quisieron que con 13 ya desfilara en lo que fue un acto histórico para mi juventud. Si en la actualidad todavía me prejuzgan con cierto edadismo, es sencillo imaginar mi cara de mancebo en 2013, acaparando miradas de extrañeza entre tanto fornido hombre engalanado en coraza y capa de reluciente terciopelo. La euforia de un niño que cree estar jugando a ser Dios.

Procesioné por el pueblo durante diez años, por lo que he sido Romano desde la preadolescencia a la vida adulta, aprendiendo a ponerme las cinchas de la sandalia en ausencia de mi padre o acudiendo a las clases de música. Ahora entiendo su utilidad, pero admito que asistía con cierto refunfuño; había aprendido ‘de oído’, como tantos otros, y nunca llevé muy bien esa necesidad imperante que tiene la sociedad de ponerle nombre a todo lo que se hace. El ser humano y sus cosas.

En 2024 comencé a trabajar permanentemente fuera de Andorra, por lo que tomé la decisión de no salir y comprobar si lo echaba de menos. No lo hice. Noté cómo mi conciencia me decía dulcemente que debía cerrar aquella etapa, plena de grandes momentos en compañía de personas del pueblo, pero, en la nueva fase de mi vida que se abría ante mis ojos, no le veía conciliación posible. Prometo no olvidar los ensayos de noche cerrada, el espectacular rodeo al Nazareno o las historias con la canción conocida como ‘siempre la misma’.

Gracias Romanos de Andorra, por siempre.

Rubén G. Bielsa. Marasmos