Erase una vez, en un reino grande y floreciente, un rey tan viejo y tan enfermo, que no tenía a nadie para dejar su trono. El rey estaba triste por la sucesión de su reino, ya que ninguno de sus pretendientes le gustaba al monarca. Hace muchos, muchísimos años, aquel reino se quedó sin rey y su territorio se vio envuelto en robos y pillajes, pues no había nadie aun que pudiera exigir orden. Había muchos aspirantes que anhelaban ser coronados, pero entre disputas y guerras pasaban el tiempo, sin resolver quién de ellos sería el más adecuado para portar la corona.

Un día, ciertos hombres probos en justicia y sensatos en decisiones, quedaron para decidir qué se podía hacer, cómo y cuándo debían darse las condiciones para dar a ese reino un monarca. Los más aguerridos pretendientes entraron en lucha con sus ejércitos por los pueblos, peleando sin cuartel, porque todos querían ser rey.

Pero el difunto monarca de aquel imperio, antes de dejarles, les dejó bien claro a sus súbditos, que la elección a rey debería de ser por justicia y merecimientos honestos. El gran dilema de estos nobles, que les quedó la responsabilidad de decidirlo, fue harto difícil para crear la paz entre los estados del reino y con los líderes que se enfrentaron.

Entonces, se juntaron en el castillo de la ciudad, y desde allí llamaron a todos los que, bajo su venerada opinión, deberían participar en la elección a rey, cerrando y custodiando la ciudad por soldados leales. Al no haber acuerdo, y tras semanas de duro debate, decidieron que cada uno de los estados de aquel reino, debería presentar sus embajadores y que dispusiesen ellos de tres aspirantes cada uno. Nueve fueron los elegidos, tres por cada estado, que participó, presentándose todos en las Cortes anunciadas. Tras una apretada agenda, inauguraron la mesa de dialogo, un Parlamento único en la historia de aquel imperio. Allí se debatió cómo se debía de proceder y cuáles debían de participar en aquella reunión solemne. Para ello, sus embajadores debían presentar, de cada aspirante, sus atributos y parentescos más cercanos con el anterior rey. 

De esta manera, los Nueve, aprobaron por mayoría el documento que decidía las condiciones de aquel acuerdo y como se debía de realizar la elección a rey, sin represalias ni enfados, en mutua Concordia, bajo un juramento escrito en pergamino y aprobado por todos los integrantes al Gran Encuentro. Aquella fue la ceremonia más importante y democrática que un estado pudiera realizar en el mundo.

Tras la firma, y en menos de dos meses, toda la representación e información de los candidatos llegó a otra ciudad en donde, en solemne Compromiso, votarían para proclamar rey, al que hubiese merecido por justicia, como deseaba el anciano rey.

Y así, el huérfano imperio que abarcaba aquel reino hasta tierras mediterráneas, pudo coronar al mejor rey, cuyas facultades eran merecedoras de tal cargo. Toda esta historia supuso la tranquilidad de las gentes del lugar que habían visto cómo se peleaban los nobles más poderosos del reino, por conseguir el preciado trono.

Así pues, la palabra venció a la disputa, la cordura al hierro y la voz de aquel Parlamento sirvió para firmar la famosa Concordia de Alcañiz. Y todas las gentes de reino quedaron tranquilas, pues tuvieron rey para años. Y todos ellos fueron felices y comieron perdices y cuanto quisieron por muchos, muchísimos años más»

Este cuento que podríamos contar a los niños, para que durmiesen felices, en realidad no es un cuento, ya que todo esto que está expuesto en él, ocurrió en el año 1412 en nuestra ciudad, la resolución del convenio más importante de la edad media europea, la Concordia de Alcañiz. Ella sirvió para sentar las bases de la unión dinástica de un imperio y fraguar los cimientos en la construcción de lo que sería en el futuro, España. 

Alcañiz, la vieja ciudad de los cuatro nombres, Ercavica, Anitorgis, Alqanis o Alcanit. Aún conserva en sus alrededores las pinturas rupestres de nómadas prehistóricos en abrigos y cuevas. Histórica ciudad asentada entre poblados iberos y romanos, por donde pasó el rey Alfonso I en sus correrías hacia el sur. Conquistada a los musulmanes por el príncipe de Aragón, Ramón de Berenguer, y hacerla merecedora de poblarla en la Carta de Población. Su hijo, Alfonso II, donara la villa y  castillo a la Orden de Calatrava, como administradora de sus tierras. 

La Orden trajo muchos disgustos a la población y al Concejo, hartos hasta que firmaron las Bases de Regulación y Política de la ciudad. 

Después, la planificación de la conquista de Valencia trajo al Rey Jaime I hasta el castillo de Alcañiz, desde donde dirigió la ofensiva. Varias veces se celebraron Cortes en la ciudad. Ocupaciones Carlistas y desmanes Napoleónicos desgastaron a la población casi hasta su extinción, pero surgió de las cenizas para hacer merecedora de ser lo que somos.  

Corrían los primeros años del siglo XIII cuando el reino Aragón quedó sin monarca; Martín II, «El Humano» moriría sin descendencia y dejaría el trono huérfano y vacío, los nobles del reino se reunieron en Cortes de Calatayud y aprobaron decidir la solución al grave problema reuniendo a los más dignatarios hombres de los Tres Estados en un lugar común a todos y en donde coincidir las distancias. 

La decisión era cómo, cuándo y dónde celebrar la reunión y resolver el dilema de la sucesión dinástica. Para ello debían de traer en embajada los aspirantes al trono de quienes por vía directa más les correspondía y elegir al futuro monarca. Así se inició el Parlamento de Alcañiz en 1211. 

El arzobispo de Zaragoza monseñor Heredia había sido asesinado por partidarios del conde de Urgel, aspirante a la Corona de Aragón. El castellano Fernando, de la familia de los de  Antequera, dispuso fuerzas para repeler las aspiraciones del Conde y combatir contra los sublevados.  Los de Valencia estaban divididos y sus representantes no llegaban aun acuerdo en presentar a sus embajadores.

Con estos prolegómenos se inició aquel año lo que llegó a llamarse La Concordia de Alcañiz. Así la habían bautizado en Calatayud, cerca de los tres estados, rechazando el de Mequinenza, suplantado por el autoimpuesto gobernador de Aragón, el Conde de Urgel. 

En los días que duró la Concordia estuvo la ciudad cerrada y custodiada por soldados venidos de fuera y por los calatravos residentes en el castillo alcañizano. De estas Cortes se resolvería el proceso sucesorio, por lo que los más dignatarios representantes del reino escribieron los estatutos a seguir en la elección.

Nueve graves personas, diputados, representarían a la mesa de la elección real. Treinta y dos artículos componían la Concordia, magno documento firmado por todos los embajadores de los «Tres Estados», Los interesados acordaron en Alcañiz este transcendental episodio que cambiaría las aventuras de la Corona de Aragón, poniendo como rey a un castellano que nunca aprobaron los nobles de Cataluña y que llegaría hasta Fernando «El Católico» como sucesor de este viejo territorio.

Aquí se decidió cómo poder realizar la difícil elección de poner monarca a la Corona de Aragón mediante el trabajo mediático de tres hombres y nueve compromisarios que anunciarían, meses después, en la localidad de Caspe, al nuevo rey llamado Fernando II de Aragón y que supuso el documento más relevante de la Edad Media europea. 

Creo que todos deberíamos reconocer la gran labor que se realizó en nuestra ciudad y ponerla como ejemplo de cordura y sensatez. Reconocimiento que, por parte de este ayuntamiento se debe con la historia y que tiene la obligación de colocarla en el escalón que le pertenece.

Luis Antonio Pellicer Marco. La Concordia de Alcañiz. Correo del lector