Vivimos una crisis global, que se podría parecer a diversos periodos de la historia de los últimos siglos, pero lejos de la contundencia y complejidad de la actual. El mundo ha mutado –por obra y gracia de la pujante civilización tecnológica– en un sistema complejo de propiedades emergentes, donde el sistema es más que la suma de sus partes.
Los componentes del sistema –gobiernos, líderes políticos, clima, economía– alcanzan mayor complejidad e interactúan entre sí, de tal forma que surgen propiedades que no estaban antes en ninguno y que no eran deducibles de los elementos del sistema. Los problemas que aparecen son debidos a condiciones globales difíciles de controlar, que no se tienen en cuenta y frente a las que se aplican remedios locales.
Por ejemplo, el cambio climático obliga a los emisores de gases de efecto invernadero a pagar más. Pagando se sigue contaminando. Medidas económicas fallidas dirigidas a un solo factor de los que producen la crisis ecológica.
Cada salto de complejidad en el sistema hace aparecer propiedades nuevas y produce efectos no proporcionales a dichos cambios. Por primera vez, la humanidad como complejo de interacciones produce efectos letales que superan las posibilidades y conocimientos de las naciones y la capacidad de sus líderes para resolverlos. Trump, Putin, Netanyahu... son elementos del sistema afectados por la ingobernable complejidad global y sus acciones producen efectos que se saltan los límites (éticos, morales, tradicionales) del pasado.
Se realizan actos de crueldad inhumana con la impunidad como escudo: guerras (Gaza, Ucrania, África), fenómenos climáticos extremos, emigración desatada, problemas sociales y políticos que afectan a los ciudadanos corrientes, individuos sometidos al panóptico de control digital y su dictadura. Esta crisis global ‘crisistémica’, no tolera soluciones parciales.
La literatura profetizó cambios globales que reflejaron la realidad histórica. En la novela de Ian McEwan, «Lecciones», publicada en 2023, se nos cuenta:
«...el mundo se tambaleaba peligrosamente sobre su eje, gobernado en demasiados lugares por hombres ignorantes y codiciosos, mientras la libertad de expresión retrocedía y en los vastos espacios digitales resonaban los gritos y mentiras de masas delirantes...las nuevas armas nucleares y los ‘drones’ se multiplican bajo el mando de la inteligencia artificial, mientras sistemas naturales vitales, aire puro, corrientes oceánicas, insectos polinizadores, arrecifes de coral, tierras fértiles y toda suerte de flora y fauna se marchitaban o extinguían...y partes del mundo ardían o se anegaban...».
Es una crisis global que nos es familiar.
Ninguna solución parcial afecta la dinámica perversa del sistema. Y, de momento, es utópico actuar contra la responsable de esa complejidad letal: la tecnología digital, que se ha convertido en la estructura básica de las empresas, la economía, la política, las sociedades y la vida misma de los individuos del siglo XXI.
Sería como decir a la humanidad: controlad firmemente el uso del móvil, las redes, el mundo digital en todos los órdenes de la vida: el neocapitalismo digital que nos domina, como un oculto ‘mago de Oz’, no lo permitirá.
Alberto Díaz Rueda. LOGOI

