Hay un momento del verano en el que el paisaje parece contener la respiración. Los campos de cereal, ya dorados, esperan el paso de las cosechadoras. El monte, inmóvil bajo el cierzo caliente, parece hecho de yesca. La tierra, que durante siglos ha marcado el ritmo de quienes la trabajan, habla un idioma distinto. Y quizá esa sea la verdadera cuestión.
Cada año asistimos al mismo debate. ¿Debe cosecharse cuando el riesgo de incendio es extremo? ¿Hay que detener las máquinas en las horas más peligrosas? Las respuestas suelen llegar cargadas de reproches, como si hubiera un culpable al que señalar. No es una discusión entre buenos y malos. Ni debería serlo.
Resulta demasiado fácil señalar al agricultor cuando una cosechadora aparece en el origen de un fuego. Pero basta conocer un poco el mundo rural para entender que nadie quiere ver arder aquello de lo que vive. El agricultor no solo recoge trigo; recoge meses de incertidumbre, de mirar al cielo esperando una lluvia o temiendo un pedrisco. Si el fuego devora el campo, también devora una parte de su vida.
Y, sin embargo, tampoco sirve cerrar los ojos. El verano ya no es el mismo. Los incendios que antes encontraban resistencia hoy corren como si el monte hubiera olvidado cómo defenderse. El calor convierte cualquier descuido en una amenaza. La naturaleza lleva tiempo avisándonos de que las reglas han cambiado. Quizá el error esté en pensar que este es un conflicto entre la producción y la protección.
La cosecha del cereal no admite esperas. De ella dependen familias enteras, cooperativas, ganaderos y pueblos que aún resisten gracias al campo. Pero tampoco podemos fingir que el calendario agrícola permanece intacto mientras el clima se transforma a una velocidad desconocida. Tal vez haya llegado el momento de aceptar que adaptarse no es renunciar. Es sobrevivir.
Aragón sabe mucho de resistencia. Lo cuentan las carrascas agarradas a los cabezos, las sabinas que desafían el viento y los pueblos que siguen encendiendo la luz cada noche aunque hace tiempo que dejaron de crecer. Quizá esa sea también la lección del campo. La tierra nunca ha sido inmóvil. Siempre ha cambiado. Los que hemos tardado demasiado en comprenderlo somos nosotros.
Porque el verdadero equilibrio no consiste en elegir entre cosechar o evitar incendios. Consiste en aprender, de una vez por todas, a vivir en un tiempo nuevo sin olvidar la vieja sabiduría de quienes siempre supieron que la naturaleza nunca negocia, solo recuerda quién marca el compás. Habrá que invertir más en prevención, mejorar la tecnología, flexibilizar horarios y asumir que determinadas jornadas exigirán renunciar a trabajar durante las horas más peligrosas. No porque alguien lo imponga, sino porque la realidad lo exige.
Lucía Peralta

